miércoles, 3 de abril de 2013

Crónica de un examen de ingreso v. 2013: una “sesión de juegos”.

Todos queremos que nuestros hijos ingresen al colegio de nuestros sueños, lo cierto es que la postulación al colegio está cada vez más díficil. Acá comparto mi crónica de un examen de ingreso, en su versión sesión de juegos.

Era lunes 8:45 a.m. estábamos yo y mi pequeño de 3 años y 6 meses en la puerta del colegio al que lo habían invitado a una “sesión de juegos”. Bueno, lo habían invitado a dos sesiones de juegos: una grupal y otra individual. Ese día le tocaba la grupal. Llegamos muy puntuales, 15 minutos antes de la hora citada. Lo había vestido con las mejores galas cumpleañeras que tiene, para que asocien su belleza externa con cualidades positivas internas. Todo al mejor estilo de una especialista en RRHH. Así, que estábamos ahí los dos paraditos esperando pasar el control de seguridad, mientras yo luchaba internamente para que mis nervios (los cuáles honestamente hasta el día anterior no existían) no afloraran y mi hijo entrara lo más tranquilo posible.

En la puerta nos encontramos con otros padres que también llevaban a sus hijos a su “sesión de juegos”. Todos extremadamente serios. Me alegré de haber puesto guapo a mi chino, pues todos estaban con sus mejores galas. Y no solo los niños, sino también los padres. Me arrepentí de mis fachas: short, slaps y un polo, todas las mamás estaban con pantalones de vestir o faldas, y los papás que ni se diga. Todos en terno. Todos menos mi marido que brillaba por su ausencia. Fue una decisión acordada ¿para qué íbamos a ir los dos? ¿Para qué añadirle más ceremonia al asunto? Mejor sólo yo. Al parecer fuimos los únicos que pensamos así. Crucé los dedos para que esto no influyera en la calificación de mi hijo. 

Entramos al colegio. Sentía como el corazón me latía a mil. Miré a mi hijito, estaba tranquilo. Qué bueno pensé, mejor que ni se entere de lo que se está jugando acá. Recordé también que este verano había decidido no continuar con las terapias y dejar que mi hijo disfrute sus vacaciones. No me arrepentía, pero sí me preguntaba si otros padres habrían tomado la misma decisión. No lo creo, pensé. Solo con verlos te dabas cuenta que este asunto era algo que se lo tomaban muy en serio. Quizá demasiado. Me alegré de todas mis lecturas vanguardistas sobre crianza y educación de los niños. Pero, ni modo, con tanta competencia probablemente había puesto a mi hijo en una desventaja.

Llegamos. Podía sentir la tensión en el ambiente. Mientras mi hijo y yo mirábamos unos dinosaurios llegaron las “misses” y se llevaron a todos los niños a la sala de juegos. Me quedé mirando el techo y con un poco de ganas de llorar, culpé a mi embarazo. Traté de hablar con un par de padres, pero nadie tenía ganas. Creo que estábamos demasiado estresados. Agarré mi libro, me metí en la lectura y antes que me diera cuenta ya estaban de vuelta todos los niños.

“Eso es todo” dijeron las misses. Le di la mano a mi chino, que estaba muy feliz. “Nos vamos” – dije- “Nooo, ¿por qué? Quiero jugar más”. Bueno pensé, por lo menos la pasó bien, ese siempre es un buen síntoma. “No te preocupes – respondí - vamos a volver el miércoles para que sigas jugando”. “¿Sí? ¿Por qué, mami?” -  “Porque les caíste muy bien, y quieren seguir jugando contigo”. “Yeeeee, vuelvo el miércoles”. Por lo menos alguien quiere volver, pensé...

Y regresamos el miércoles. Muy puntuales y más relajados. Mi hijo entró contento a su evaluación con la psicóloga, perdón a su “sesión de juegos” y yo me quedé pensando en la frase que escuché decir a un padre con el que nos cruzamos al llegar: “Estas situaciones sí que lo hacen sentirse vulnerable a uno ¿no?” Si pues, aunque me duela el orgullo admitirlo, sí que me hicieron sentir vulnerable, y mucho.

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