miércoles, 24 de abril de 2013

Mi lactancia: una nueva perspectiva


Hace poco recordé un artículo que leí hace un tiempo atrás cuando estaba embarazada de mi primer hijo, el artículo se llamaba “The case against breastfeeding” (Acá). Lo leí con avidez, pues como madre primeriza quería saberlo todo sobre todo.

Quedé muy sorprendida, pues era todo muy nuevo y distinto, el artículo describe como en algunos círculos la presión social en pro de la lactancia exclusiva es tan fuerte, que ésta deja de ser una opción y se convierte en una obligación. Obligación que la madre debe cumplir, incluso en contra de su propio bienestar. Este artículo, también señala que a pesar de toda la literatura pro lactancia existente, las investigaciones médicas señalan que los beneficios de ésta sobre la fórmula en temas tanto de salud como emocionales, son más débiles de lo que se cree, y que si uno observa a largo plazo a un niño amamantado vs. uno que no lo fue, las diferencias son casi inexistentes. La autora propone, que es la madre quien debe evaluar si dar de lactar es la opción más conveniente para ella y su familia. Además, en su opinión, la lactancia exclusiva es una nueva forma que tiene la sociedad para mantener a la mujer abajo.

Recordé este artículo, pues cada vez está más cerca el parto de mi 3er bebé, y ya sé el desgaste físico y emocional que me espera. Dar de lactar cada 3-4 horas, las 24 horas del día por mínimo 6 semanas, para luego continuar por 5 meses y medio más dando de lactar cada 4 horas, por 12 horas. Y, luego continuar –como con mis hijos mayores -  varios meses más una vez empiezan a comer sólidos. Es DURO, por decir lo menos. Además, si a esto le sumas dos niños pequeños que también quieren pasar tiempo con su mamá y también demandan cuidados, hace la situación más dura aún. Sí, claro yo me matriculé solita en esto, lo tengo claro.

Pero, así como me matricule solita en tener hijos seguidos, también tengo la libertad de decidir en lo que NO me voy a matricular. Y, esta vez no voy a caer en la presión de pediatras que nunca han dado de lactar, madres convencidas que es su deber sagrado dar de lactar exclusivamente y a libre demanda indefinidamente, abuelas exigentes que sólo dieron de lactar a sus propios hijos por un máximo de 3 meses, o tías y amigas bien intencionadas que han leído mucho sobre los beneficios de la lactancia exclusiva, pero que no tienen idea de lo que es estar engrilletada a un recién nacido. Y, mucho menos voy a tolerar que me estén “obligando” a mirar a los ojos a mi bebé mientras doy de lactar para generar un vínculo más estrecho aún. ¡No señor!

Quizá haya algunas personas que se espanten con esto, pero como ya expliqué en otros posts yo creo que lo más importante para un bebé es tener una mamá plena y realizada en su rol. Y, el dedicarme tantas horas a dar de lactar me va a impedir realizar otras actividades que también son importantes y necesarias para mí. Quiero compartir con mis otros hijos, quisiera poder ver algún tema profesional, y por supuesto me gustaría poder conversar con mi esposo alguna vez.

Así, que esta vez me lo voy a tomar con calma. Voy a dar de lactar el tiempo que me sienta cómoda, sin presiones. Si tengo que recurrir a la fórmula lo haré, si tengo que delegar una o dos tomas en las noches para poder funcionar durante el día lo voy a hacer, y trataré de no sentirme culpable por esta decisión, porque la estoy tomando no sólo por mi bien, sino también por el bien de mi recién nacida, que se merece una madre plena con energía y fuerza para atenderla no sólo estos primeros meses de vida, sino por el resto de su vida. 

miércoles, 3 de abril de 2013

Crónica de un examen de ingreso v. 2013: una “sesión de juegos”.

Todos queremos que nuestros hijos ingresen al colegio de nuestros sueños, lo cierto es que la postulación al colegio está cada vez más díficil. Acá comparto mi crónica de un examen de ingreso, en su versión sesión de juegos.

Era lunes 8:45 a.m. estábamos yo y mi pequeño de 3 años y 6 meses en la puerta del colegio al que lo habían invitado a una “sesión de juegos”. Bueno, lo habían invitado a dos sesiones de juegos: una grupal y otra individual. Ese día le tocaba la grupal. Llegamos muy puntuales, 15 minutos antes de la hora citada. Lo había vestido con las mejores galas cumpleañeras que tiene, para que asocien su belleza externa con cualidades positivas internas. Todo al mejor estilo de una especialista en RRHH. Así, que estábamos ahí los dos paraditos esperando pasar el control de seguridad, mientras yo luchaba internamente para que mis nervios (los cuáles honestamente hasta el día anterior no existían) no afloraran y mi hijo entrara lo más tranquilo posible.

En la puerta nos encontramos con otros padres que también llevaban a sus hijos a su “sesión de juegos”. Todos extremadamente serios. Me alegré de haber puesto guapo a mi chino, pues todos estaban con sus mejores galas. Y no solo los niños, sino también los padres. Me arrepentí de mis fachas: short, slaps y un polo, todas las mamás estaban con pantalones de vestir o faldas, y los papás que ni se diga. Todos en terno. Todos menos mi marido que brillaba por su ausencia. Fue una decisión acordada ¿para qué íbamos a ir los dos? ¿Para qué añadirle más ceremonia al asunto? Mejor sólo yo. Al parecer fuimos los únicos que pensamos así. Crucé los dedos para que esto no influyera en la calificación de mi hijo. 

Entramos al colegio. Sentía como el corazón me latía a mil. Miré a mi hijito, estaba tranquilo. Qué bueno pensé, mejor que ni se entere de lo que se está jugando acá. Recordé también que este verano había decidido no continuar con las terapias y dejar que mi hijo disfrute sus vacaciones. No me arrepentía, pero sí me preguntaba si otros padres habrían tomado la misma decisión. No lo creo, pensé. Solo con verlos te dabas cuenta que este asunto era algo que se lo tomaban muy en serio. Quizá demasiado. Me alegré de todas mis lecturas vanguardistas sobre crianza y educación de los niños. Pero, ni modo, con tanta competencia probablemente había puesto a mi hijo en una desventaja.

Llegamos. Podía sentir la tensión en el ambiente. Mientras mi hijo y yo mirábamos unos dinosaurios llegaron las “misses” y se llevaron a todos los niños a la sala de juegos. Me quedé mirando el techo y con un poco de ganas de llorar, culpé a mi embarazo. Traté de hablar con un par de padres, pero nadie tenía ganas. Creo que estábamos demasiado estresados. Agarré mi libro, me metí en la lectura y antes que me diera cuenta ya estaban de vuelta todos los niños.

“Eso es todo” dijeron las misses. Le di la mano a mi chino, que estaba muy feliz. “Nos vamos” – dije- “Nooo, ¿por qué? Quiero jugar más”. Bueno pensé, por lo menos la pasó bien, ese siempre es un buen síntoma. “No te preocupes – respondí - vamos a volver el miércoles para que sigas jugando”. “¿Sí? ¿Por qué, mami?” -  “Porque les caíste muy bien, y quieren seguir jugando contigo”. “Yeeeee, vuelvo el miércoles”. Por lo menos alguien quiere volver, pensé...

Y regresamos el miércoles. Muy puntuales y más relajados. Mi hijo entró contento a su evaluación con la psicóloga, perdón a su “sesión de juegos” y yo me quedé pensando en la frase que escuché decir a un padre con el que nos cruzamos al llegar: “Estas situaciones sí que lo hacen sentirse vulnerable a uno ¿no?” Si pues, aunque me duela el orgullo admitirlo, sí que me hicieron sentir vulnerable, y mucho.