lunes, 22 de diciembre de 2014

Ya no me puedo enfermar, ahora soy mamá

Mi hija la segunda trajo uno de los virus más fuertes que he visto en los últimos tiempos. El virus del mal fue tan fuerte que contagió a sus hermanos, su papá, la nana, la chica de cocina, la primita que siempre viene a jugar y hasta el perro. Sí, no miento, mi pobre perrita también cayó. Todos cayeron menos yo. Estaba feliz, pues la enfermera oficial de la casa soy yo y al estar sana pude cumplir con mis obligaciones.

Hasta que, una madrugada me levanté muerta de frío y con un dolor de garganta terrible. Me abrigué, pero no pude hacer nada contra el dolor de garganta. Me costó un horror levantarme por la mañana y sentía que me había atropellado un tren. Me dolía la cabeza, me dolía el cuerpo y la garganta. Me sentía morir y lo único que pensaba era: “no me puedo enfermar, tengo mil cosas que hacer. No me puedo enfermar, ¿quién se va a encargar de todo?”.

Estoy segura que no soy la única a la que le pasa esto. Recuerdo la primera vez que me enfermé después de ser mamá; una amiga – que ya tenía un hijo – me dijo: “cuídate, es lo peor ser mamá y estar enferma”. Y tenía toda la razón. Y no sólo, porque las mamás siempre tenemos mil cosas que hacer, sino también porque cuándo la mamá se enferma, toda la casa se desestabiliza. No importa cuánta ayuda tengas (sea nanas, empleadas, familia, etc.) al final, siempre eres tú la responsable por todo. Y, no importa cuán mal te sientas o cuan cansada estés y si te dan descanso médico o no, nunca dejas tu “empleo” de mamá.


Y por supuesto, como no descansé de mi chamba de mamá, la enfermedad fue terrible. Hasta ahora sigo arrastrando el mal. Creo que se debe a que, cuando estaba enferma a pesar de sentirme morir, no llegué a realmente parar y descansar. Lo poco que descansé, no fue suficiente. Y, es que ahora que soy mamá no puedo parar,  así quiera hacerlo. El devenir de la vida me lo impide. Para este empleo no hay descanso médico que valga. Siempre pasa algo importante. Y, es que cuándo uno es mamá, de verdad que,  ¡ya no se puede enfermar! 

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Pegar o no pegar, he ahí el dilema

Si alguien me hubiera preguntado hace un tiempo atrás si estaba a favor o en contra de enseñarles a pegar a nuestros hijos, le hubiera dicho que totalmente en contra. Le hubiera soltado mi discurso pacifista de “las cosas se resuelven hablando, no se logra nada a golpes” y demás. Le hubiera dicho que yo estoy en contra de tomar la justicia en tus propias manos, y que en caso no se pueda resolver algo, es mejor llamar a un adulto (o mediador). Y mi discurso hubiera continuado así, si no hubiera sido por los eventos ocurridos las últimas semanas.

Todo empezó hace unas semanas atrás cuando fui a un cumpleaños con mi hija la segunda, solas ella y yo.  Ella es súper sociable y se fue de frente con sus amigas a su sitio favorito: el saltarín. Me distraje unos minutos, y la escuché gritar. Volteó, y veo a su amiga llorando, pues un niño más grande le pegó. Mi hija, estaba furiosa y súper picona, quería pegarle al niño que las había botado del saltarín. Por supuesto, no la dejé y le metí mi rollo pacifista. Nos alejamos, y luego de un rato, veo a ese niño saltando feliz en el saltarín, como si nada y aullentando a cualquier otro niño que quisiera entrar…
Happy mom blogger

Unos días después, como nunca, mi hijo mayor me cuenta que un niñito le había tirado una patada en la cara. Yo le pregunto ¿Por qué? ¿Se pelearon?  Y me responde: “porque sí. Y, yo me puse a llorar”. Pero, ¿por qué no te defendiste? “así me defendí, Ma. Llorando”.  No hubiera pasado nada, si es que esta hubiera sido la primera vez que mi hijo me contaba sobre un episodio con este niño. Pero, no era así. Ya han sido varias veces que me cuenta que este niño lo fastidia.

Esa misma tarde, me encuentro con una amiga que me cuenta su preocupación por su hijo de 8 años quien es constantemente molestado por un niño del salón. Su hijo, como el mío es cero agresivo. Además, la profesora del niño, ha asumido una actitud de “dejar que los niños resuelvan sus problemas solos”. Con lo que el hijo de mi amiga, está realmente solo.

Decidí entonces que mi mensaje de paz no era el más adecuado. Claro que está bien no pegar, claro que está bien no ser agresivo, pero está mejor saber defenderse. Y, yo quiero que mis hijos sepan defenderse. Mi hijo se defendió llorando, mi hija gritando. Había un adulto de su confianza cerca. Defenderse no implica únicamente devolver el golpe o golpear. Hay otras maneras, aunque – a veces- es necesario pegar. Sobre todo cuando se encuentran con estos bullies. No siempre va a haber un adulto dispuesto a  ayudarlos, tienen que saber defenderse, y con estos niños hiper agresivos creo que la única manera es con una buena golpisa.

Si, ya sé que muchos deben estar pensando que ya –ahora sí – quemé. Pero, no. Racionalmente, creo que cuando los niños (y adultos también) se encuentran frente a una persona que los molesta y agrede constantemente, o abusa de su fuerza para someter a los más débiles lo mejor, es al estilo Pavlov condicionar al agresor a que aprenda a no meterse con uno, y esto se logra con un "buen cuadre". Si eres niño, el cuadre más adecuado suele ser una buena zurra. La próxima vez, lo pensará dos veces.

Quizá, estoy exagerando. Quizá mi neurosis ya llegó al extremo pero, ver la molestia de mis hijos, la preocupación de mi amiga y los casos de bullying que constantemente surgen en los colegios me hacen pensar que a veces, sólo a veces, es necesario defenderse con los puños. Sobre todo a esta edad (7 años para abajo) en que su razón-emoción-verbalización todavía está en proceso. Así, que por ahora el mensaje para mis hijos ha cambiado: tienes que defenderte y - a veces – para hacerlo tendrás que pegar. 

martes, 2 de diciembre de 2014

Debo estar haciendo algo bien

Es increíble cómo en momentos de la vida todo parece ir mal: proyectos que no se concretan, malas noticias, problemas/preocupaciones familiares, etc. Y, cómo de un momento a otro todo empieza a ir bien: llamadas sorpresivas con buenas noticias, cierre de tratos positivos, etc. Para mí, esta semana ha sido increíblemente buena. Después de varios meses de no tan buenas noticias y algunas decepciones, los astros se apiadaron de mí y esta semana sólo recibí buenas noticias.

Empezando la semana fue la clausura de la academia de natación de mi hijo. Nos recomendaron que hiciera natación por todos lados, pues ayuda mucho con el tono muscular y la integración sensorial, así que lo metimos. El día de la clausura, llegué justo a tiempo para ver cómo se tiraba - sin nada miedo - del podio y pataleaba a toda velocidad con su tabla. En la siguiente prueba, nadó como una bala pataleando y braceando como un campeón. No podía creer que era el mismo niño que sólo tres meses atrás tenía que nadar con boya y con su mamá dentro del agua (sí, las primeras semanas de clase me tuve que meter yo). Ahora, era una piraña feliz (todavía no está en nivel tiburón,jeje). Su miss lo felicitó, le dijo que estaba muy orgullosa de él y por supuesto, yo más.  

Luego, esta mañana – como nunca – dejé a mi hijo en el colegio. Pensaba dejarlo en la “bajada
rápida” y regresar a mi casa lo más rápido posible, pero me dio tanta ternura verlo chiquitito, muy bien peinadito y caminando con una mochila más grande que él, que decidí acompañarlo. En la puerta del colegio nos encontramos con su tutor, quien muy emocionado me comentó sobre lo bien que había escrito mi hijo el día anterior. Para variar, mi hijo como macho que se respeta no me había contado nada. Yo sólo sabía que había ganado un nuevo pin porque me enseñó la herida que este le hizo. Ya en el salón, su tutor se me acercó para comentarme sobre lo bien que le había estado yendo a mi hijo en clase las últimas semanas. Me enseñó el papel con la frase escrita, lo había hecho sin ayuda. Su profesor estaba muy feliz, y por supuesto, yo estaba más feliz aún. ¿Mi hijo? ¿El que no se podía quedar quieto en clase? ¿Sabe leer y escribir? ¿Mi hijo, el que tiene temas sensoriales? Hay una luz al final del túnel. Todavía no quepo en mi pellejo de la felicidad.

Más tarde fui a la entrega de libretas del nido de mi hija sándwich. Honestamente no me preocupaba para nada, pero igual jamás me imaginé recibir un informe tan bueno y una libreta con pura A, ¡¡sí pura A!! Mi “terrible 2”, y “súper terrible 3” es una campeona del nido. Hasta ahora no lo puedo creer.  Salí del nido saltando en un pie.

Llegué a mi casa, y me encontré a mi bebé. Alegre, gorda, linda y feliz corriendo por toda la casa. De que fue prematura no queda ni una huella. No pude más que sonreír  para mí misma y dar gracias a Dios por tantas bendiciones.  Me puse a llorar. Al fin me tocaron buenas noticias. Sé, que no siempre será así, que habrá semanas (o meses) en que todo será no bueno (por no decir malo). También sé, que con esto de los hijos es difícil saber si una lo está haciendo bien, eso no se sabe hasta muuuuchos años más adelante. 

No me atrevo a decir que lo estoy haciendo bien del todo, pero definitivamente sí me atrevo a decir que estoy haciendo lo mejor que puedo, que estoy dando lo mejor de mí. Y, estos pequeños logros, estos reconocimientos me indican que estoy por buen camino, me alientan y me dicen que algo, sí algo, debo estar haciendo bien. 

lunes, 1 de diciembre de 2014

Por fin duerme toda la noche

Tenía que compartir esta noticia, pues estoy feliz. Finalmente, luego de exactamente 1 año 6 meses y 18 días de no dormir corrido,  hace 5 días mi bebé duerme corrido desde las 8:00 p.m. hasta las 6:00 a.m.  ¡Un éxito!  Y hace 3 semanas, que si se levanta sólo lo hace cuando su pañal se rebalsa (necesito comprar pañales que jalen toda la noche, hasta ahora no consigo en este planeta). Todavía no quiero cantar victoria, pero es un gran avance en su rutina de sueño y, en la mía. ¡¡Al fin puedo descansar!!

Ahora, la pregunta del millón ¿cómo logré hacer que duerma toda la noche? ¿Cuál de todas las técnicas que utilicé fue la que funcionó? Las que me leen saben que use varias y de todos los tipos (ver acá) Pero, en su momento ninguna me dio resultado. Así, pues definitivamente no fueron los consejos ni las técnicas de Tracy Hogg, ni el método del Dr. Sears, ni las lecciones del Dr. Ferber, ni ninguna de las técnicas y métodos convencionales, pues no los utilicé. Como ya había dicho antes, nunca utilicé estos métodos con mis hijos mayores, así que tampoco lo hice con mi última hija.
Ahora, tampoco sé si fueron los San Benitos debajo de su cuna, o el agua bendita con la que duerme ahora o las múltiples pasadas de huevo. No lo sé, y no lo creo. 

Para mí, dormir en la noche siempre ha sido algo que los niños aprenden solos. Por eso me desesperó tanto que ella no durmiera corrido (ver acá). No creo en las técnicas ni en los entrenamientos (aunque sé que hay gente a la que le funcionan muy bien). Para mí, uno sólo puede ayudar a los niños con una rutina estable y un medio ambiente agradable y cómodo para dormir. Yo creo que el sueño es cómo me lo explicó el neuro-pediatra al que consulté: viene de la mano con la maduración del cerebro del bebé y esto tiene que ver con su crecimiento y desarrollo neurológico, el cual –en los temas relacionados al sueño -  se da por completo recién alrededor de los 2 años. Lo que quiere decir que, algunos niños, recién a esta edad duermen bien y de corrido. ¿De terror, no? Doy gracias a Dios, que para mí no ha sido así aunque un año y medio es bastante también.

En fin, realmente no me importa mucho cómo ni por qué es que mi hija finalmente duerme  corrido toda la noche. Lo único que me importa es que lo está haciendo y por fin yo ya puedo descansar en las noches y disfrutar de mis 8 horas corridas de sueño como Dios manda. ¡Amén! 

martes, 25 de noviembre de 2014

Un consejo, hasta de un conejo

Hace un tiempo atrás recibí la llamada de una muy buena amiga, ella estaba sumamente afectada por un post que yo había escrito. Me regañó por haber escrito sobre (según ella un falso) diagnóstico que le habían hecho a mi hijo. Sus palabras fueron claras: “¿Qué te has creído tú para exponer así a tu hijo? ¿Cómo se te ocurre ser tú la que lo etiqueta? ¡¡¿Estás loca?!! Tú, no sabes quién lo puede leer y al final al que van a fregar es a tu hijo. Lo vas a fregar a él”.  

En un principio pensé no hacerle caso, pero después de meditarlo me di cuenta que tenía razón. Su llamada hizo que me dé cuenta que efectivamente, estaba exponiendo demasiado y hay gente que no tiene muy buenos sentimientos, ni deseos y no es necesario (y mucho menos bueno) darles tanto detalle. Me alegró también, saber que esta amiga - aunque me haya gritado -  se preocupaba por mí y por el bienestar de mi hijo. Decidí hacerle caso y removí el post.

Esta mañana, recibí una llamada similar. Una nueva amiga me llamó por un motivo similar. Había
descubierto mi blog y estaba preocupada, pues había algunos posts que le habían parecido demasiado reveladores y que podrían afectar la sensibilidad de algunas personas. Me sugirió que tenga más cuidado y me cuide mucho de hablar sobre otras madres y/o eventos que ocurren en el colegio de mi hijo, pues, algunas personas podrían malinterpretar mis comentarios y me ganaría problemas por gusto. Además, me señaló que al final, el mayor perjudicado sería mi hijo, pues con la gente del colegio todavía nos quedan 11 años más.

Su llamada me sorprendió mucho. No me la esperaba, y no es que no haya recibido críticas por lo que escribo, para nada, he recibido múltiples críticas y hasta una simpática amenaza. Si no, me sorprendió mucho su valor al decírmelo. Conozco muy poca gente que se hubiera atrevido a hacer algo así, es más tengo "amigas" a las que algunas cosas que he escrito no les ha parecido y en lugar de decírmelo directamente comentaron con terceras personas sobre cómo me había "excedido" con mi escrito. Pero, ella no. A pesar que nos conocemos muy poco, me lo dijo en mi cara y eso es algo que aprecio mucho.

Ahora, estas dos llamadas me han hecho dar cuenta de algo: primero, que no soy inmune a las críticas, (aunque yo pensaba que sí). Segundo, tengo que tener más cuidado con lo que publico, pues si bien para mí escribir es catártico, puedo en mi catarsis - sin querer queriendo - herir susceptibilidades, y eso no es lo que quiero para nada. Y, por último, que con esto, puedo afectar la tranquilidad de mis hijos. Mi ligereza al narrar ciertas situaciones puede afectar sus relaciones y su ambiente; y eso es lo último que quiero. No quiero traerles momentos difíciles por malentendidos, ya la vida es lo suficientemente complicada de por sí.

Así, que como decía mi abuelita "un consejo, hasta de un conejo", y a tener más cuidado. Porque lamentablemente, ya el anonimato está muy difícil. 

miércoles, 19 de noviembre de 2014

El ninja no se quiere casar con la princesa

Suena a título de película o de libro para niños, pero no lo es. Es el nombre del juego que últimamente juegan mis hijos todos todo el día. El juego consiste en que algún ninjago, o alguna tortuninja o algún juguete ultra masculino de mi hijo llora y está triste porque alguna princesa (por lo general una Barbie Cenicienta) se quiere casar con él y, por supuesto, él no quiere. La princesa lo busca y lo persigue, mientras el ninja corre o maneja su carro de Lego a toda velocidad.  Luego de un rato, la princesa se aburre y se va; acá el ninja vuelve a buscarla para nuevamente caer en la misma dinámica. El juego termina cuando mi hija se harta y dice: “La princesa ya se cansó, ahora se va a su castillo con sus amigas”.

Interesante juego ¿no? Parece sacado de un libro de texto de “psicoanálisis del juego de los niños”.  Si partimos de la premisa que los niños procesan todo lo que viven, ven y sienten mediante el juego, podemos inferir que mi hijo de 5 años (el inventor del juego) ha observado en su grupo social una relación hombre-mujer (ninja-princesa) dónde los primeros, rehúyen el matrimonio y las segundas lo buscan por todos lados. Obviamente, él no ha llegado solito a esta conclusión, la sociedad (con todo lo que esta implica) le ha ayudado. Esta conclusión la ha sacado de observar los comerciales de la televisión, las películas de princesas (su hermana es adicta), revistas, cuentos y por supuesto, también conversaciones  y su día a día dentro de su, aún, reducido entorno social.

Lo qué cómo mamá me preocupa es ¿qué está observando mi hijo? Mis esfuerzos por criar a 3 niños libres de estereotipos de género están resultando vanos. Me pregunto, ¿Qué conversaciones está escuchando? ¿Qué está infiriendo de las relaciones de género que observa? ¿Qué está observando en mí, en su papá, sus tías, tíos y abuelos? Finalmente, somos nosotros sus referentes primarios, ¿no?

Con esto, me queda claro que a los niños no se les escapa ninguna. A mi hijo no se le han escapado mis conversaciones con amigas solteras que quieren dejar de serlo, y mi preocupación por verlas tan tristes por esta situación. Tampoco se le han escapado mis conversaciones con amigos incitándolos a que de una vez se casen. Tampoco, se le ha escapado el mensaje subliminal de todas las películas y cuentos de princesas. Lee entre líneas y percibe cosas que ni yo misma me doy cuenta. Y así, sin querer queriendo, ayudo a perpetuar estereotipos de género que tan duramente combatí.

Me vuelvo a preguntar: ¿qué me están diciendo mis hijos? ¿Que no podemos combatir la ideología dominante? ¿Qué mi ninja va a estar triste cuándo una princesa se quiera casar con él? Espero que no ¿Y mi pipesa? ¿Va a corretear a un “ninja” para que se case con ella? Espero también, que no. Mientras tanto, intentaré consumir menos Hollywood y más Manuela Ramos, menos subestimarlos y más explicarles directamente. Y así, poner mi granito de arena para criar hombres y mujeres libres de estereotipos y prejuicios que les impidan realizarse plenamente. 

lunes, 10 de noviembre de 2014

¿Y el marido?

Debo confesar que desde que me volví mamá mi esposo pasó a un segundo plano. No fue por falta de amor, para nada. Siempre lo he amado muchísimo. Fue porque simplemente no tenía ojos, ni tiempo ni ganas para nadie ni nada que no fuera mi hijo. Los sentimientos que estaba experimentando como madre primeriza y el encanto hacia mi recién nacido eran tan fuertes que, absolutamente todo pasó a un segundo plano, incluso yo. 

Naturalmente, con el tiempo me acostumbré a estos sentimiento tan poderosos, perdí el miedo a salir y dejar a mi bebé y me acostumbré al trabajo duro que es criar a un niño (sobre todo un recién nacido). Regresé al primer plano del que nunca debí salir, me acordé que tenía un esposo que me gustaba mucho y salí embarazada de mi segunda hija. El impacto de la llegada de la segunda no fue tan fuerte, aunque el amor y las ganas de estar el 100% de mi tiempo con ella sí. Me debatía entre querer darle a la segunda la misma calidad y nivel de atención que le había dado al primero, y poder mantener la misma cantidad y calidad de tiempo con mi hijo mayor. En este debate, ni si quiera existía una opción para mi marido.

La llegada de nuestra tercera hija nos agarró de sorpresa. Cuando recién empezábamos a disfrutar ser una familia de cuatro, recién empezábamos a salir solos de nuevo. ¡Pum! Venía la tercera. Yo no había recobrado ni mi peso, ni mi figura. Todavía, no me sentía muy cómoda repartiendo mi tiempo entre dos y mucho menos sabía cómo sería mi vida con tres. Nuevamente, mi marido pasó a un segundo plano, aunque creo que nunca salió del todo.

Con la llegada del primer hijo ni mi esposo ni yo nos dimos cuenta del cambio de prioridades. Fue algo natural. Con la llegada de la segunda, él sintió un poco la pegada y empezó a reclamar. Pero, fue con la llegada de la tercera que ya se empezó a quejar abiertamente. Yo andaba totalmente desquiciada tratando de atender a tres pequeñitos,  medio depre porque mi cuerpo había sufrido daños irreparables y con cero ganas de atender a “un hijo más”. Así que, él se mantuvo en el segundo plano al que lo había relegado. Se quejaba constantemente de que “ya no tenía esposa”, y creo que hasta cierto punto era cierto, pues yo sólo tenía fuerza y ganas para ser la madre de sus hijos.

Después de un tiempo me nivelé, me acostumbré a lidiar con 3 pequeñitos, recuperé (algo) de mi figura y me acordé de mi esposo. Felizmente, él estaba ahí con ganas de ser recuperado por su mujer. No fue fácil. Nos costó retomar nuestro ritmo de pareja (y nunca será como antes de los hijos), pero me sorprendí recordando lo bien que la pasamos juntos. Y, creo que eso es a veces lo que pasa con las parejas, sobre todo con las que tienen hijos: nos olvidamos de lo bien que lo pasamos juntos, de las aficiones comunes que nos unen. Nosotras andamos tan metidas en mil cosas de la crianza, estamos tan cansadas que nos olvidamos cómo empezó todo: con una historia de amor, ¿no?

Y bueno, yo no me quiero olvidar de la mía. Quizá a muchas les sonaré anticuada y totalmente anti-feminista (por no decir machista) pero –  estoy siguiendo el consejo de mis abuelitas – y estoy “atendiendo” a mi marido. Estoy invirtiendo en mi matrimonio. Estoy durmiendo menos y saliendo más (en horas de adultos), organizo más “dates” y menos “play dates”. Estoy recordando, que fue con él con quien decidí empezar esta historia de amor, esta familia y que es con él con quien quiero ser una familia hasta que la muerte nos separe, y amén.  

domingo, 26 de octubre de 2014

¿Pataletas a mí? Jamás

Sí claro. Ja-más. Jamás. Si fuera posible tragarse las palabras, yo ya hubiera muerto atorada. Pues, como ya deben sospechar, las peores pataletas de las que he sido testigo me las han hecho a mí y no una, sino varias veces. Sobre todo, mi hijo con espíritu. Y, cómo ya escribí anteriormente (Post acá) sus pataletas han sido épicas. Me han hecho morir de vergüenza, me han hecho llorar, me han hecho entrar en ataques de ira… en fin, me han hecho sentir de todo. No fue nada fácil lidiar con esa etapa. Pero – creo - que, por fin, ya pasó y, creo también, que aprendí bastante sobre eso.

Hoy después de mucho tiempo volví a presenciar una pataleta de aquellas, mientras hacía mis
compras semanales. Felizmente, no me la hicieron a mí. Si no a otra mamá. Yo la ignoraba. ¿Qué voy a hacer? Yo he estado ahí. Y, he estado ahí, no una sino varias veces. Mi hijo se ha tirado al piso en Wong, en Tottus, Plaza Vea y Vivanda (o sea, todos los supermercados del barrio) se ha tirado al piso en fiestas infantiles, lonches familiares y hasta play dates con amigas. En un punto, dejamos de salir. Pues, las emociones que pasaban por su cuerpecito eran tan fuertes, que se daba de cabezazos contra la pared, se jalaba los pelos y se tiraba al piso (con movimientos copiados del exorcista). No tenía ni dos años cuándo lo hacía.  

Ha sido duro “domar” ese carácter. Sigue siendo un trabajo duro. Es un trabajo constante en el que bien, me asesoro con psicólogas especialistas en niños, leo libros de crianza y disciplina y/o he ido yo a terapia para poder controlar mis emociones y ayudar a mi hijo con las suyas. He aprendido a contenerlo. Él ha aprendido a verbalizar sus emociones y canalizarlas de manera más positiva. Yo aprendí a no desesperarme ni asustarme. Estos episodios – gracias a Dios – son practicamente inexistentes. 

Cuándo veía a esta mamá muerta de vergüenza me provocaba decirle que no se preocupe, que no pasa nada. Que acá había una mamá que comparte su dolor y ya experimentó su vergüenza. Y, como mamá que ya pasó por eso (y lo superó). Mi consejo es que NO le de vergüenza (ya lo escribí acá). Probablemente, esta no será la última pataleta que le hagan en un sitio público (que se acostumbre). Que no ceda a los caprichos del niño. Si es necesario, debe salir del sitio en el que se encuentran y llevarlo al carro o cualquier sitio tranquilo para que se calme. Y, sólo regresar cuando él ya este calmado (si supiera cuántas veces tuve que dejar el carrito de compras a la mitad). Que no pierda los papeles (sí, ya sé fácil decirlo) ella debe permanecer calmada y tranquila, transmitiendo seguridad (o por lo menos intentando transmitirla). Tiene que demostrar que ella controla la situación (aunque obviamente no lo sienta así). Golpear, jamás debe estar permitido. Ni golpear a otros ni a sí mismo, eso sí que no. Y, finalmente cuándo todo el episodio pase. Abrazar fuerte a su hijo y hablarle suavemente poniendo palabras a sus emociones.

Sé que cada niño es distinto y no todos funcionan igual. Pero, esto nos funcionó a nosotros. No en un día, ni en una semana, ni en un mes, tomó un poco más. Ahora, mi hijo tiene un amplio vocabulario emocional que incluye palabas cómo: “estoy furioso”, o su clásico “muy molestado”, “me da cólera”, “tengo miedo” o incluso, “tengo mamitis, quiero estar contigo” o, “estoy tan feliz, soy muy feliz”.  Y yo también, soy feliz muy feliz de verlo tan bien y a ver superado esta etapa. 

lunes, 20 de octubre de 2014

Ya estoy cansada

No sé si es porque estamos cerca  a fin de año,  o porque estoy cargando un resfrío que no me suelta desde hace más de 1 mes, o porque he aumentado mis horas de chamba fuera de casa, o simplemente porque ya llegué a mi límite y necesito descansar; pero ya no aguanto más. ¡Estoy agotada! No jalo ni un día más de colegios, nidos, actividades y pañales. Me cuesta un horror levantarme por las mañanas y cambiar a mis hijos para sus actividades diarias. En las noches, escucho a mi bebe llorar y rezo para que su papá también la escuche y sea él quien vaya. Encima, ya casi no tengo paciencia y para rematarla, ya no me interesa socializar con nadie.   

Me encuentro en una etapa (espero que lo sea) árida de mi vida como madre. Sin ninguna motivación aparente fuera de los pequeños gustos que trae el día a día con los niños. Cómo decía arriba, no sé si es porque ya es fin de año y me faltan vitaminas, o quizá porque mi tiroides está mal y las hormonas me están jugando una mala pasada. Pero, yo que no me perdía una, ya ni ganas de salir a la calle tengo. Es un suplicio ir a fiestas, talleres, charlas, actividades y shows (ojo, salvo que mis hijos sean los protagonistas, ahí sí se me vienen todas las ganas del mundo de participar y madrugo para sentarme en primera fila).  

No sé qué me está pasando, y la verdad es que no me gusta. No sé si a todas les pasa, o si a alguien ya le pasó antes. En mi caso, es la primera vez que estoy tan cansada y aburrida. ¿Por qué no decirlo? Aburrida y cansada. Quizá, esta rutina de ser mamá ya caló en mí. Quizá esta “jornada atípica” de trabajo de 24 x 7 x 365 ya hizo mella. Y la escasez de adultos interesantes (léase pares) con las que conversar en mí día a día de madre hace que mi motivación para participar en actividades se reduzca aún más. Pero, Uds. dirán, y ¿tus amigas? Sí, mis amigas están bien, gracias. Y cada una, está en su nota. Muy pocas tienen hijos. ¿Acaso no hay alguna otra gente con quien puedas conversar de algo? Y sí, si hay, supongo. Tendré que buscarlas. 

¿Y el hastío? Espero que ya pasará, ¿no? Por lo pronto, estoy tomando vitaminas y con una actitud más relajada frente a mis obligaciones. Si llegan tarde al colegio/nido, pues llegan. Ya no grito, ni me estreso, ni corro como una loca. Si no comen toda su comida, les doy sus gomitas multivitamínicas y me quedo tranquila. Si la chiquitita no duerme en la noche, pues será vampira. Ya no me estreso. Si la tarea no está lista y perfumada para el día correspondiente, pues no me importa, total, yo ya terminé el colegio. Es deber de mi hijo terminarla. Quien sabe, quizá con esta nueva actitud recobre mi energía (o por lo menos mi buen carácter). También, estoy haciendo más deporte y estoy planeando una escapadita con mi marido… aunque pensándolo bien, ¿los maridos no dan casi tanta chamba como un hijo? Aquí entre nos, el mío sí. Así, que quizá una escapadita solita con algunas amiguitas, a tomar un traguito y conversar un poquito...

Ahhh, creo que ya recuperé la energía.  

martes, 23 de septiembre de 2014

¡No estoy sola!

Uno de los motivos por los que empecé a escribir este blog fue por la necesidad apremiante que tenía de compartir los sentimientos, angustias y dudas por las que estaba pasando como madre primeriza. Además, necesitaba también sentir compañía en este difícil e incierto camino de la maternidad.  Todo era tan nuevo, tan distinto y no sabía si todo lo que me pasaba estaba dentro de lo considerado “normal”. Así, empecé a escribir y a compartir con otras mamás para estar “acompañada” y me di cuenta que, no era la única que tenía esas angustias paralizadoras, no era la única que estaba traumada por la crianza y educación de mis hijos y ¡no estaba sola!

En mis primeras épocas de madre me sentía muy sola, no tenía prácticamente ningún adulto con
quien conversar. Mis mejores amigas no tenían hijos, es más, la  mayoría seguían solteras así que no comprendían para nada cómo mi vida había cambiado. Encima, como andaba traumada por generar un vínculo sólido y duradero con mi bebé, dedicaba el 99% de mi tiempo a estar con él. Mi marido, pasó a un quinto plano y el resto del mundo dejo de existir.

Con el blog, me alegró mucho saber que no era la única que había “abandonado” su vida. Y, algo similar me sucedió hace poco con el post sobre la Disfunción de Integración Sensorial. Estaba en un momento de crisis, y fue muy reconfortante saber que ¡No era la única que pasaba por eso! Recibí varios emails, inboxes, mensajes y hasta llamadas de mamás, que como yo, estaban preocupadas por sus hijos y ya habían pasado, o estaban pasando por temas similares y cuyas reacciones, habían sido de lo más diversas. Nuevamente, me sentí acompañada y recibí miles de tips súper útiles.

Incluso, recibí la llamada de una buena amiga quien estaba sumamente molesta porque –a su entender- yo había expuesto un tema sensible y privado de manera pública. ¿Qué me había pasado? ¿Cómo se me ocurría poner algo así? ¿Cómo podía yo misma etiquetar a mi hijo? Le di la razón. Quizá me excedí, pensé. Me hizo pensar algunas cuestiones que yo no había considerado, como la privacidad de mi familia. Y comprendo su punto.


Pero, por otro lado también considero que es importante hablar de temas reales que me (y nos) suceden como madres. Conversar sobre diagnósticos difíciles y temas que – un poco por vergüenza y otro poco por orgullo – no tocamos. Esto permite intercambiar emociones, sentimientos e ideas, aligerar la carga y sentirnos acompañadas y ¿por qué no? comprendidas y saber también, que no estamos solas. En mi caso, incluso llamadas como las de mi amiga (aunque sean para requintarme) me hacen saber que no soy la única, que es bueno compartir y que como decía al comienzo ¡no estoy sola! ... y no tengo porque estarlo. 

¡Gracias por contactarse! 

lunes, 15 de septiembre de 2014

Criando ninas vs. niños*

Ayer, mientras esperaba mi turno para recoger unos papeles en el colegio de mi hijo, no pude evitar sobre escuchar la conversación de un par de mamás que estaban en cola atrás mío. No pude evitarlo, porque además que hablaban bastante alto, el tema era entretenidísimo: lo difícil que son las relaciones femeninas. Una mamá, le contaba a la otra lo mal que la estaba pasando su hija en el colegio pues no estaba dentro del “grupito” de su salón y, muchas veces, no tenía con quien jugar  en el recreo pues no se querían juntar con ella. Lo más preocupante, su hija estaba en ¡¡primer grado!!

Inmediatamente recordé una anécdota que ocurrió unos meses atrás en un cumpleaños al que fui con mis hijos: Mientras miraba como mi hijo se molía a golpes en el saltarín con algunos niños y yo trataba de evitar que se maten, había un grupo de niñas jugando tranquilas en los columpios; conversaban, se empujaban y se reían. Recuerdo haberle dicho a una amiga que no tiene hijos y me estaba acompañando: “¿por qué no juegan los hombrecitos, así? Creo que voy a morir de un paro cardíaco”.  A lo que me respondió: “porque las niñas juegan así, hasta que una le dice una cosa fea a otra, o deciden que alguna no puede jugar porque no les gusta su vestido y se armana grupitos y alguna sale llorando”. Y, dicho y hecho. Algo, pasó y una se fue llorando.

Es que definitivamente la socialización femenina es bastante complicada. Si bien, gracias a Dios, no nos agarramos a patadas. Si nos podemos decir e incluso hacer cosas tan feas, que una patada hubiera sido mejor. Por otro lado, me parece que con los hombres la cosa es más fácil. Lo veo en mi hijo: si algún niño no quiere jugar con él, va y busca a otro u otros, hasta que consigue un “partner” de juego. No se complica. Y, lo mismo sucede con las mamás de los niños. Todo es, no sé más fácil. Coordinar los “play dates” con niños, los juegos, los disfraces para actuaciones, y hasta solucionar alguna eventual pelea.

Por otro lado, y lo veo con mi pequeña de casi 3. Con las niñas, las cosas no son tan fáciles. Ellas se resienten, se molestan y se dejan de hablar. Claro, que a esa edad se olvidan en 3 minutos. Pero, es solo un adelanto de cómo será en el futuro. También ponen reglas sobre cómo debe vestirse una para jugar un determinado juego y en el peor de los casos, de cómo se debe vestir una para juntarse con un determinado grupo. Recuerdo en un evento infantil al que fui hace un tiempo ya con mi hijo mayor, las niñas no dejaban jugar a una porque no tenía vincha, y a ese juego sólo podían jugar las que tenían vincha. ¿Increíble, no? Tenían apenas 4 años. 
Pero, ¿qué se les puede pedir si a veces las mamás, sin darnos cuenta empezamos con esas pequeñas diferenciaciones? Como pasó en el salón de mi sobrina de 4 años (ella estudia en un colegio de puras mujeres). Una niña organizó una actividad (a esta edad obviamente, con el apoyo de su madre) y sólo invitó a 6 de las 9 niñas del salón. Desafortundamente, las niñas no invitadas se dieron cuenta. ¿Por qué hizo algo así? Sólo ella lo sabe, pero para mí es muy díficil de entender.

Entonces, ¿qué les podemos pedir a nuestras niñas si nosotras somos así? Menuda tarea las que tenemos las mujeres para lidiar entre nosotras y más aún, las que tenemos hijas mujeres para darles un ejemplo de amistad y solidaridad.

*Post publicado en el portal Mamitips

domingo, 14 de septiembre de 2014

Mamás "metidas", hijos buenos

Hace unos días fui a una fiesta infantil con mi hermana y nuestros hijos. Nos encontramos con una amiga y su hijo de 6 años y a ambas nos sorprendió lo bien que estaba el niño. Pues, de ser el terror de las fiestas: un niñito realmente descontrolado, desobediente y cargoso, pasó a ser un niño simpático, educado y súper colaborador. Y todo, en un lapso relativamente corto de tiempo (menos de un año). Ambas nos quedamos sorprendidas del cambio en este niño y por supuesto, tuvimos que reconocer que el principal generador de este cambio fue el también cambio de actitud de la mamá, y la fuerte chamba que metió en su hijo.

Ella pasó de ser una mamá “light”, a ser una mamá más comprometida y participativa en la vida de su hijo. Pasó, de no acompañarlo a (casi) ningún cumpleaños, a ir a todos aunque sea un momento, de no recogerlo nunca de sus actividades a recogerlo mínimo una vez por semana. Además nos contó también que ahora tanto ella como él, tienen horarios más claros en casa y ella tiene horarios determinados para compartir momentos uno a uno con él (y con su hermana). En esos momentos, ella aprovecha para enseñarle con el ejemplo y hacerle notar lo mucho que él le importa. Y, los resultados de estos pequeños cambios no se han hecho esperar. El niño, era otra persona: más seguro, más educado y más feliz. Lo mejor, es que si bien, nuestra amiga tuvo que disminuir un poco sus horas de trabajo, ella continúa trabajando. Así, que demuestra que, ¡Sí, se puede!

Luego de ver este cambio, me puse a observar a todos los niños y a sus madres (pues conocía a la mayoría) y me di cuenta que, efectivamente, mientras más metida es la mamá, mientras más comprometida está con la crianza de sus hijos, mientras más “lacra” con la educación es, los niños son, por decirlo de alguna manera, una “mejor” versión de sí mismos. Y no se trata acá de ser una empalagosa e impertinente mamá que no deja a sus hijos hacer nada. O de ser una metiche sin vida que anda atrás de ellos, pues muchas trabajan fuera de casa. Si no, simplemente de saber acompañar (en el significado total de la palabra) a nuestros hijos, guiarlos, educarlos y sobre todo, amarlos.

Empecé a recordar a todos los hijos de amigas cercanas y parientes que tengo, y me di cuenta que mi teoría era efectivamente cierta: mientras más comprometida la mamá, mientras más metida en la crianza; más buen@ el hij@. Esas mamás, que están siempre presentes, EDUCANDO (y con mayúsculas porque ahora hay muchas mamás que están, sin embargo no educan - ver post acá). Esas mamás, que son unas “lacritas” porque están ahí acompañando constantemente a sus hijos y conteniendolos, tenían a los niños más centrados, más juicios y también los más seguros. Claro, que ser una “lacrita educadora” no es fácil. Asumir el compromiso de estar ahí para nuestros hijos siempre, es bastante trabajo. Pero, en mi opinión, vale la pena. Así, que a trabajar, porque si queremos hij@s buen@s, pues hay que ser unas “metidas”. 

domingo, 7 de septiembre de 2014

Disfunción de Integración Sensorial

Disfunción de integración sensorial. ¿Qué es y cómo tratarla? ¿Cómo reconocer y/o saber si mi hijo padece este trastorno? ¿Cómo lidiar con la Disfunción de Integración Sensorial?

Terminó el segundo bimestre de mi hijo con espíritu (Criando a un niño con espíritu acá post) y no le fue tan bien como en el primer bimestre (post acá). Al parecer, algunos rasgos de su comportamiento se han acentuado y es necesario empezar a mirar otras alternativas fuera del hecho de su inquieto espíritu. Sus profesores piensan que podría padecer de Disfunción de Integración Sensorial, así la sugerencia fue hacerle una evaluación desde una perspectiva ocupacional –sensorial (sí, yo tampoco sabía que existía esa rama psicoterapéutica), pues se estaba saliendo de control.

Lo que más llama la atención de sus profesores, es su necesidad constante de buscar estímulos sensoriales que lo ayuden a autorregularse. Cosas del tipo: oler cosas o gente, tocar todo, moverse en círculos y entrar en contacto físico con la gente y las cosas. Agarrar, agarrar con fuerza. Además, cuando sus compañeros empiezan a gritar y a moverse mucho en clase, él se desespera, se irrita y en ocasiones explota. No puede sentarse en la alfombra y no responde cuando lo llaman por su nombre, es como si no escuchara. Su motora fina también está sufriendo. Obviamente, no hace todo esto todo el tiempo. Pero, sí lo hace lo suficientemente seguido como para haber llamado la atención de sus profesores.  

Unido a estos comportamientos hay otros que yo he identificado en casa, pero que como mi hermana también era igual de niña los di por muy normales: siente olores que el resto no (éstos olores lo alteran e irritan terriblemente, tanto así que no puede hacer otra cosa más que dar vueltas en sí mismo), ruidos que a nosotros nos parecen normales a él no (aspiradora, gritos y cantos de sus hermanas, sin embargo ama la música alta y violenta). Odia que le corten las uñas. Y a pesar que hay comidas cuyo sabor le agradan, no puede comerlas debido a su textura.

Como decía arriba, la sugerencia de los profesores fue hacerle una evaluación ocupacional-sensorial. Yo muy neura como siempre, busque a la mejor especialista que me recomendaron (que resultó ser una gran decepción, pero ese es tema para otro post) y lo hice evaluar. El diagnóstico, fue revelador: mi hijo padece de DISFUNCIÓN DE INTEGRACIÓN SENSORIAL. 

Chart de la Disfunción de integración sensorial




































¿¿¿Qué es eso??? Pensé. Era la primera vez que escuchaba al respecto. La disfunción de integración sensorial es cuando el cerebro falla en el proceso diario y constante de asimilar y dar sentido a la información proporcionada por todas las sensaciones que vienen del cuerpo y del mundo exterior. Estos niños no tienen la capacidad para organizar adecuadamente la información que reciben del exterior, lo que lleva a que se frustren e irriten rápidamente, se retraigan, eviten ciertas actividades y tengan problemas motores. Se manifiesta en comportamientos como los mencionados líneas arriba, aunque claro hay otros más y no todos se dan de igual manera en todos.

Luego de escuchar el diagnóstico, la luz vino a mí: ¡¿así que eso es lo que tiene mi hijo?! ¡Por eso se porta así!! Y por muy doloroso que fue (y es) recibir ese diagnóstico, finalmente comprendo mucho mejor que es lo que le pasa a mi hijo y porque se comporta así. No voy a negar que continúo en shock y me está costando mucho asimilar que el niño a quien amo tanto padece de algo tan raro. Y, no sólo eso, sino que él sufre a diario por esto. Necesita ayuda y ayuda especializada. Me siento terrible por las veces en que fui extremadamente dura y perdí la paciencia. No me imaginé que para él era tan difícil cumplir con el día a día. Y, aunque odio las terapias, él va a tener que llevar una y por un largo tiempo.

Continúo asimilando la noticia. Ya sé lo que tiene mi hijo. Ahora necesito dejar de compadecerme de mi misma, recordar que pese a todo es un niño feliz y sano. Recordar que NO es su culpa, y tampoco la mía, y que mi deber es ayudarlo con calma y sin pena para que poco a poco corrija esta disfunción. Sin hacerlo sentir mal, sin sentirme mal yo (difícil) y sobre todo con mucho amor.

¿Quieres saber más sobre la Disfunción de Integración Sensorial? Copia y pega estos links

http://www.ucsfchildcarehealth.org/pdfs/healthandsafety/SensIntDys_sp0409.pdf
http://ceivalencia.com/2013/10/senales-y-sintomas-de-una-disfuncion-de-integracion-sensorial/
http://www.xfragil-extremadura.es/web/pdf/goldson.pdf
Mi favorito: http://trastornosdeconductainfantil.blogspot.com/2010/10/trastorno-de-integracion-sensorial.html

Y por supuesto, el tablero que he creado en Pinterest (la mayoría está en inglés, pero ni modo) 

lunes, 1 de septiembre de 2014

No tengas miedo de educar, ¡por favor!*

La semana pasada estuve con mi pequeño en un compromiso madre-hijo. Además, de quedar sorprendida por lo bien que la pasamos los dos, pues los niños no eran amigos entre sí, también quedé muy sorprendida por un episodio particular que me hizo pensar mucho en la forma en la que nuestra generación de madres y padres (sí, los padres también están involucrados en esto) estamos criando a nuestros hijos.

El plan era una tarde de juegos para madres (amigas todas) e hijos. Luego de almorzar y jugar, nosotras pasamos a descansar un rato, tomar algo y conversar. Estábamos conversando de lo más bien, cuándo uno de los niños se aparece y se sienta al lado de su mamá. Se quejaba por algo y la mamá no le hacía mucho caso. Empezó a jalarle el brazo para llevarla a algún lado, nuevamente ella no le hizo mucho caso. El niño cansado de que lo ignoren, no tuvo mejor idea que pegarle a su mamá.

Quedé en shock, y creo que no sólo yo. La mamá agredida, se puso roja y no sabía dónde meterse. Le habló un poquito fuerte a su hijo, y después se lo llevó y le dio algo de comer. Volvió a sentarse y nos dio una pequeña explicación justificando su proceder. No quiero criticarla, pues realmente, la comprendo. A mí también se me caería la cara de vergüenza si mi hijo de casi 5 años me pegara en público. Pero, por otro lado también se me caería la cara de vergüenza de no aprovechar un momento cómo ese para educarlo. Si yo le hubiera hecho algo parecido a mi mamá, ella sin ningún reparo me hubiera llevado de las orejas a la casa. Y por supuesto, en ese instante  se acababa la fiesta para mí.

Y creo que ese es el problema con nuestra generación de madres, nos sentimos mal de ser muy duras y cómo consecuencia, NO estamos educando a nuestros hijos. Tenemos mucho miedo del que dirán. Del que dirán otras madres que nos observan, del que dirán profesores, o del que dirán nuestros hijos. No queremos hacer sentir mal a nuestros pequeños y cómo mandan las nuevas teorías de crianza queremos dejarlos ser, no queremos reprimirlos, ni bajarles el autoestima gritándoles muy alto o siendo demasiado estrictos. 


Aclaro, que yo no sugiero, hacer sentir a nuestros hijos como un desecho humano, pero sí sugiero ponerles límites claros y castigarlos cuando sea necesario. Sin sentir pena, ni vergüenza, ni remordimientos porque al final del día, cuándo los educamos, les hacemos un bien a ellos. Les enseñamos límites, les enseñamos respeto, les enseñamos a frustrarse y a convivir con el género humano. Y esto es algo que siempre tenemos que tener en mente cuándo nos encontramos en situaciones como la descrita arriba. ¿Educar a mi hijo o quedar bien frente a un grupo de personas? ¿Mejor no decirle nada ahora para pasar piola? Y ¿cuándo tenga 15 años, lo veremos en las noticias por qué no soportó un “no” como respuesta?


No lo sé, quizá algunas personas piensen que ya me volví demasiado neurótica. Pero, lo cierto es que a raíz de este episodio y otros que he ido observando en mis casi 5 años como madre me he dado cuenta que lo mejor es ser un pequeño sargento. Los mejores niños que he visto, tienen a las mamás más estrictas, a las mamás “más lacras”. No hay que tener miedo de educar a nuestros hijos, ni vergüenza de disciplinarlos. Es necesario educarlos, ese es nuestro deber de madres y al final del día… ¡les estamos haciendo un favor a ellos! 

*Colaboración para el portal digital Padres de Hoy 

lunes, 25 de agosto de 2014

Hago lo que sea pero, que duerma ¡por favor!

Hace un tiempo atrás escribí que mi bebé de aquel entonces 11 meses, no sabía dormir (Post acá). Nunca durmió tan bien como sus hermanos mayores, pero jamás su dormidera había sido un tema. Hasta que, de un momento a otro dejó de dormir bien. No sé, si es porque le dio susto, o “mal de ojo”, o sufre de parasomnia. No sé, y en este punto, no descarto nada. Pero, hasta ahora a sus 15 meses continúa durmiendo mal.

La peor época fue a los 13 meses. Hubo noches en las que se levantó hasta 7 veces, sí ¡7 veces! Para alguien que duerme unas 10 horas en la noche, significa que se levantaba cada 1 hora y 15 minutos (y yo con ella). Por supuesto, después de esas noches yo era un zombie gruñón e iracundo. En las noches, dejé de tenerle paciencia. En varias ocasiones tuve que pedirle a mi esposo que él la vea porque yo estaba fuera de control. Al final, hice lo inconcebible: puse a la nana a dormir con ella. Sí, que horror una neuro_mamá como yo. Pero, ¿qué hacía? necesito funcionar en el día y no gritar a mi bebé en las noches. 

Desesperada fui al neurólogo. El neurólogo sólo me dio tranquilidad, pues no ayudó en nada a que duerma mejor. Orgánicamente mi bebé estaba muy bien. Sus reflejos, su desarrollo, todo perfecto. ¿Por qué no dormía, entonces? Aparentemente, sufría de parasomnia, ¿ella también? (ver post acá) y no había nada que hacer más que esperar con paciencia a que se le pase, pues estos episodios se van solos en unos meses.

Bueno, pensé. No hay mal que dure 100 años. Mientras tanto, y a sugerencia de mi hermana, leí el libro: The
happiest baby on the block. Es una buena lectura, pero el sistema de hacer dormir que propone el autor, no me funcionó. Por otro lado, la nana desesperada llamó a una prima suya que vino a pasarle el huevo a mi hija y me enseñó a hacerlo. Se lo pasamos varias veces. Mejoro bastante, pero continúo levantándose unas 3 o 4 veces por noche. Igual, era demasiado. Quizá yo no lo estaba haciendo con fe, decía la nana. Decidí pasarle el alumbre. Mi familia es de Cajamarca, así que a mí me la pasaban de niña y era algo a lo que le tenía fe. Llamé a mi abuela, ella no sabía. Siempre fue la nana de mi papá (Mama Perpe, quien falleció unos años atrás) quién nos la pasaba. Cómo la extrañé.

Fui donde el pediatra, quizá había un jarabe, algo que la hiciera dormir bien. Nada, pero me dio el número de una vidente. No miento, me dijo: “Prueba. A otra paciente mía, le funcionó. Había un fantasmita molestando a su hijo”. Recordé lo que le pasó a mi prima. El espíritu de un niño no dejaba dormir a su hija. Claro, que su caso era más crítico pues, en las noches tiraban los juguetes de mi sobrina y prendían la radio de su cuarto. Pero, esa solución me da pavor. Además soy una ferviente católica, una cosa es pasar el alumbre, y otra cosa ya, lidiar con seres del más allá.

No llamé a nadie y me fui de viaje (ver post acá). Al regresar, pensé que ya habíamos superado las malas
noches. Es más, le dije a la nana que regresará a dormir abajo. Hasta que… unas noches atrás empezó de nuevo. Ahora, los gritos son de terror, llora fuerte y es difícil calmarla. Yo ya estoy cansada. No quiero leer más libros, no quiero pasarle el alumbre, ni mucho menos el huevo. Ya no quiero consultar al neurólogo, ni al pediatra y me niego rotundamente a traer una vidente a mi casa. Así, que con toda la fe del mundo intenté el último recurso: eché unas gotas de agua bendita de la virgen de Fátima en su cuna, y hace 3 noches atrás mi bebé duerme con el frasquito de agua bendita en una esquina de su cuna.


Hace 3 noches que mi bebe duerme bien. Sin pesadillas, sin sobresaltos. Hace 3 noches, que estoy más tranquila y ya llamé al padre para que bendiga mi casa. Quizá, sí sea una cuestión de fe, como dice la nana, así que vamos para adelante con la fe que yo tengo. Y, si esto no funciona me volcaré a la medicina y esperaré a que su sistema de sueño madure, dicen que a los 2 años. Esperaré pues con paciencia, y con fe. Y, mientras tanto, toda la ayuda de este (y el otro) mundo que pueda recibir.   

martes, 19 de agosto de 2014

Carta a NeuroMamá…a propósito de un reciente viaje a Europa

Hola Neuro-Mamá,

Antes que nada quiero decirte que soy tu fan. Me encantan tus anécdotas y siempre me haces reír. Te escribo a raíz de un reciente viaje que hice a Europa en el que observé muchas cosas curiosas que muero de ganas de comentar…

Siempre supe que hay grandes diferencias culturales entre países y que los europeos son muy diferentes a los latinos. Este viaje me permitió descubrir una posible explicación: la manera como criamos a nuestros hijos. La forma de crianza de nosotras, las peruanas, es muy peculiar. En este viaje, éramos mi esposo y yo vs. mi hija, digo, mi esposo, mi hija y yo... jajajaja. Nada de nanas. No pude evitar compararme con cada madre que vi en la calle. Me sorprendió que nadie cargaba tanto a su hija como yo. Las europeas los hacen caminar, inclusive desde tan pequeñitos como la mía (año y medio), los niños tienen 2 opciones: coche o mano, a veces aparece una tercera, el canguro, pero definitivamente no iban cargaditos contra la cadera de mamá.

También caí en cuenta que ahogo a mi hija en besos, y que en consecuencia, ella es una gran besuqueadora. No vi en 14 días ninguna europea que cargue a su mostrito y le diga "a ver besito a papá, al abuelito, a la tía, al fulanito que casi ni conoces", y que reciba una ola de aplausos por ello. Y de ahí deriva que cuando me presentaban a algún europeo automáticamente y por "educación" yo les metía la cara tratando de besarlos y ellos me extendían la mano... "Que frios", pensé la primera vez, a la quinta vez me sentí súper inoportuna y hasta invasiva. Así que dejé de andar de repartidora de besitos, incluso era más cómodo para mí, y me he propuesto no forzar/pedir besitos a mi chiquitina.

Otra cosa que me sorprendió es que niños pataletudos hay en TODO el mundo. No faltó en cada paseo por lo menos un par de niños berrinchudos, eso no me sorprendió. Lo que sí me sorprendió, es como lo manejaban las mamás. Más de una vez pensé que el niño lloraba porque se había perdido, y NO, no era eso, la mamá estaba a una prudente distancia, viendo con paciencia y casi sin inmutarse el despliegue de ira de la criatura, la que luego de un rato entraba en razón y con el rabo entre las piernas volvía hacia la madre. Y no sólo eso, sino que ningún europeo se preocupaba o prestaba atención. Sólo la inoportuna latina que te escribe miraba con asombro y hasta, sólo la primera vez, quiso entrometerse para ayudarlo a "buscar a su mami". En el aeropuerto de Lima un niño se tiró al piso y no faltó más de una vieja que tuviera algo que decir al respecto, desde "señora, recoja a su hijo”, hasta "¡ayyyy Dios!". Y eso, obviamente trae consecuencias, las madres peruanas no sabemos manejar una pataleta con dignidad: o los arrastramos por el piso, o los gritamos y nos frustramos, o terminamos dándoles lo que quieren (para que no hagan roche) o, simplemente llamamos a la nana...

Y hablando de nanas, las europeas van con sus 2,3 o 4 hijos a todos lados. Ellas y sus maridos con todos los hijos. Los niños se saben manejar en grupo, juegan cerca de los papás, se sientan y comen tranquilos. Me rompí el cerebro preguntándome porqué mi enana simplemente camina a donde se le da la gana y ni se preocupa por perderse, mientras los gringuitos siempre andan a la vista de la madre. ¿Por qué mi hija acaba de comer y se baja de la silla ipso facto, mientras los europeitos mueren de aburrimiento en sus sillas y esperan a sus viejitas? ¿Por qué mi traviesa es tan poco "sobreviviente" y se paraba chancando, atorando en el ascensor, la escalera eléctrica? No vi a ningún europeito meterse en tantos problemas... Creo que tengo la respuesta: mi hija está malacostumbrada a la nana. Las peruanas tenemos nanas, abuelas, tías que cuidan 100% del tiempo a nuestros pequeños. Cuando mi hija se aburre, la nana se la lleva a dar una vuelta. Ella no está acostumbrada a esperar pacientemente. Si terminó de comer, se la llevan a jugar.  Cuando se va corriendo, siempre la persigue la nana (no vaya a ser que se caiga o algo) ella sabe que siempre hay alguien atrás. En este viaje no siempre tuvo a alguien atrás, y casi se rompe en mil pedazos. La verdad, no es tan “ranger” como los europeitos, y es porque no ha necesitado serlo.

También observé que, los esposos de las europeas no son "cooperadores", ellos saben que no se trata de "cooperar”, sino que también es ¡¡responsabilidad de ellos!!! Mientras, mi marido se daba palmaditas en su propia espalda, porque (y cito) la estaba "rompiendo" como papá, estos gringos chambeaban callados y sin esperar agradecimiento. En el aereopuerto ya de regreso a Lima, vi a una familia, iban papá y mamá con 3 niños. Mamá empujaba el coche de uno de ellos, papá cargaba 3 maletas, 2 niños y un carry-on, ¡no exagero!  Seguramente era el turno del papá, y no escuché ni una queja de su parte. Mientras mi esposo se creía un héroe por llevar él sólo las 2 maletas. Me quedé pensando, ¿cómo lo entreno? ¡Yo quiero el shampoo que ella está usando!!!

Increíble compararnos con otra cultura. ¿Lo estamos haciendo mal o muy bien? Sólo el tiempo lo dirá. Sólo sé que para mi próximo viaje, llevo a mi chiquitina cuando sea más grande y no tenga pensamientos suicidas.

Abrazos


Neuro-mamá 2

lunes, 18 de agosto de 2014

Mi viaje de terror

Hace unas semanas atrás posteé sobre las vacaciones de mis sueños (ver post acá), y las ganas de poder realizarlas pronto. Sobre lo que no escribí, fue sobre el terror que tenía del viaje que iba a realizar en estas vacaciones. El viaje fue por un motivo muy especial: el matrimonio de mi hermana. Y aunque no hay nada más lindo que un viaje familiar para una celebración de amor; viajar con 3 pequeñitos uno de 4 años y 10 meses, otra de 2 años y 9 meses y la tercera de 15 meses, a mí, me generaba TERROR.

Lo que más terror me daba era el vuelo: 12 horas y media el primer avión, una hora y media el segundo y una escala de 90 minutos (mi hermana se casó en un reino muy, muy lejano). Además de la chamba que implicaba atender durante casi dos semanas a 3 pequeños absolutamente dependientes, sin ninguna ayuda externa (¡nana!) y con un evento tan importante de por medio. Con mucha ansiedad por estos temas y mucho temor por mi salud mental, nos embarcamos hacia allá en un vuelo nocturno. Fue una buena idea pues ellos durmieron bastante bien y aunque mi marido y yo no tanto, pudimos descansar algo. Una vez allá, el jet lag fue brutal, 3 días completos en que los niños se levantaban en la madrugada muertos de hambre (era su hora de almuerzo) y la bebé se pasó más de 3 horas levantada sin poder dormir. Felizmente, luego de 3 días, todos nos aclimatamos y la chamba disminuyó (por lo menos durante la noche).

Otro de mis temores era mi pequeña de 15 meses, quien todavía no duerme de corrido en la noche, (¡sí,
todavía! Ver post acá y acá) pero, una vez superado el jet lag, empezó a dormir corrido como una reina, supongo que por el agotamiento de los días tan intensos que teníamos. Felizmente, los primeros días contamos con mis papás y la novia para ayudarnos, pero ellos también terminaban muertos. 

Los días previos a la boda, la chamba aumentó pues al viajar al pueblo del novio en donde se realizaría la boda, nosotros nos fuimos a un hotel y el resto de mi familia se fue a otro ¿por qué? No me pregunten por qué hicimos eso. Felizmente, ya estábamos aclimatados y manejábamos muy bien la logística con los 3. Aunque, claro, hubo momentos en los que honestamente pensé que moriría del agotamiento y mi fatiga y frustración eran tales que quería llorar y gritar cómo una loca (hice ambos, aunque sobre todo lo segundo). Nadie del grupo familiar se escapó de mis gritos y/o palabras hirientes (ni la novia, ni mis hijos: ¡disculpen!). Incluso, hubo varios momentos en los que mi esposo y yo nos cuestionamos si el viaje había sido una buena idea, y que quizá sería mejor no haber ido…

Hasta que llegó el día de la boda...Y vi a mi hermanita tan feliz, tan plena, a mis hijos felices compartiendo con su familia (mi segunda, mi pipesa, llevó los aros y la cola de la novia), disfrutando de la alegría de su “tía favorita”, mis papás felices, mis hermanas también, y por supuesto yo también.

Y si pues, aunque haya sido un suplicio llegar hasta allá, aunque fue la peor tortura del mundo regresar a Lima en un vuelo de día (no lo recomiendo para nada, todavía me duele la cabeza pues, fueron más de 15 horas seguidas en la que yo no dormí) aunque, no conocí ni la mitad de lo que hubiera podido conocer en un viaje adulto y comí más McDonalds de los que había comido en toda mi vida... claro que valió la pena y por supuesto que lo volvería hacer (en unos 5 años, ¡más o menos!) y desde acá les deseo, a mi hermana y mi cuñado, toda la felicidad y el amor del mundo. 

jueves, 24 de julio de 2014

El viaje de mis sueños

Ya empezaron las vacaciones de fiestas patrias y veo al 90% de mis contactos de Facebook cumpliendo con los viajes de sus sueños: viajando por todos lados, ya sea fuera del país, dentro o, aunque sea, preparándose para salir de su casa a pasar el día. Me acuerdo de cuando era chica y esperaba con ansias estas vacaciones. Los viajes familiares eran lo mejor. Claro, no siempre se podían hacer, pero por lo menos salíamos fuera de Lima en estos días. Me encantaba estar con mis papás y mis hermanas en un sitio nuevo y diferente. Estas salidas son unos de los recuerdos más bonitos que guardo.

Ahora que tengo mi propia familia y estamos en las vacaciones largas de julio, añoro mis viajes familiares. Me gustaría pasar más tiempo con mis papás y hermanas. Pero, la vida es así, los hijos crecen y forman sus propias familias. Así, que aquí estoy yo, con mi pequeña familia, deseando recrear en ella recuerdos semejantes a los que mis papás crearon en la suya. Y… deseando que el mejor recuerdo sea con el viaje de mis sueños.

No les voy a mentir y dármelas de patriota diciendo que, el viaje de mis sueños es dentro del Perú. Tampoco, que es a un sitio de Europa muy cultural, o a un destino asiático muy exótico. No, lo siento mucho. El viaje de mis sueños es al sitio más trillado del mundo, - cómo diría mi amigo Max- a lo más bajo de la cultura popular y quizá lo menos patriótico, exótico, cultural e histórico que existe. Pero… que a mí (y a millones de personas en el mundo) fascina y genera una expectativa e ilusión tremenda… ¿adivinaron? … es ¡¡Disney!! O para ser más exacta, ¡¡Walt Disney World!!

NeuroMamá Blog con su hijo frente al castillo de Disney World

Sí, no voy a mentir. El viaje de mis sueños es recorrer todos los parques con mis 3 hijos y mi esposo. No me importan las colas, no me importa caminar, no me importa el calor. Desde que nació mi primer hijo sueño con ir. Sueño con ir solitos nosotros 5 y quedarnos en algunos de los hoteles dentro del mismo complejo Disney. Quedarnos por lo menos una semana para poder recorrer absolutamente todos los parques una vez  y algunos – como Magic Kingdom- incluso dos veces. He averiguado todo, absolutamente todo (está en Pinterest Pinteres clic acá): las mejores fechas para viajar, los días con menos gente, los mejores hoteles para familias numerosas (mi familita de 5 es considerada numerosa en estándares gringos), los días de menos calor, los paquetes más baratos, etc. etc.


Me hace mucha ilusión ir, todavía no tengo fecha aún pero espero que sea pronto. Quizá el próximo año… cuando mi bebé ya tenga dos, o el prox-próximo cuando ella ya tenga 3 y sus hermanos 4.1/2 y 6.1/2 y hacer cola no sea tan tormentoso. Ojalá, ojalá. Mientras tanto, sólo me quedo soñando, imaginando y planeando (y también pineando) para cumplir con el vaje de mis sueños… y también, mientras tanto, paseando con mis hijitos y mi esposo cerca de Lima para generar esos bonitos recuerdos familiares que nos acompañaran por el resto de nuestras vidas. 

martes, 15 de julio de 2014

¿Cuánto tiempo duran los terrible two?

Esta pregunta me está dando vueltas a la cabeza bastante seguido últimamente. Me hago esta pregunta TODAS las mañanas cuando tengo que perseguir a mi hija de 2 años y 8 meses por toda la casa para quitarle la pijama, o cuando llora en las noches porque no le gustó como le agarré el pelo mientras la bañaba, o cuando al recogerla del nido se trepa al tobogán, se quita los zapatos y decide que no bajará de ahí hasta que… que… le dé la gana. Ya he escrito sobre esto antes (Nina, y los terrible two) y quizá por eso es que ahora esta pregunta me ronda la cabeza.  Hay días en que me siento la peor mamá, hay días que me siento más mala que Hitler y, hace más de 8 meses que empezó esta situación y yo pensé que ya había terminado!!   
¡Ño quielo! Traducción: ¡¡No quiero!!

Claro, como todo en esta vida, hay días. Hay días en los que le dedico el 100% de mi atención y las cosa es fácil, hay días en los que incluso enfocándome en ella al 100% tengo llantos y pataletas terribles. También hay días que son fáciles sin que yo hago nada en particular. No sé, si es por los terrible twos o porque es el sándwich (como escribí acá), o quizá sea ambos, pero hay días –cómo hoy- que estoy tentada de llamar a un sacerdote y pedir un exorcismo. Y, no sólo para ella, si no también para el mayor que se contagia de su mal humor y se porta incluso peor.

Entonces me pregunto ¿cuándo se termina? Pensé que se acabaría cuando este cerca a cumplir 3 años. Pero, le faltan menos de 4 meses y seguimos en las mismas. Los expertos dicen que rara vez termina a los 3 años (¡yay!) (expertos acá y acá) y el tiempo de duración puede ser hasta de ¡dos años! pero definitivamente, se vuelve más fácil a medida que los niños empiezan a madurar, verbalizar más y a comunicar mejor sus ideas y opiniones. Esta es una edad crucial, pues los niños comienzan a mirarse cómo seres independientes y autónomos. Es una edad deliciosa también, o a ¿quién no le encanta cómo es que su pequeño/a empieza a hablar como un loro, moverse por todos lados, gritar, cantar, bailar? Yo babeo por ella, mientras canta “Libre soy” a todo pulmón. Una delicia… tan deliciosa, como terrible y llorona.

¿Qué podemos hacer? En mi experiencia con mi hijo mayor, cuyos “terribles dos” hacen que esta etapa de mi hija la segunda quede como un paseo por la playa, lo mejor es mantener la calma, ser firmes y olvidarnos de la vergüenza que nos da que estén haciendo esa terrible pataleta en medio de la calle/frente a todos nuestros amigos/pon la situación que más vergüenza te de acá y, calmadamente y con pocas palabras les ayudemos a contenerse. Según los expertos, es importante hacerles notar que somos NOSOTROS quienes controlamos la situación, y no cederemos a sus caprichos y desafíos. ¡Qué fácil!

No es fácil. No, nada fácil. Esta es una etapa importante en el desarrollo de nuestros hijos y cómo tal, tiene innumerables retos. ¿Mejora? Sí, definitivamente se pone mejor. ¿Cuándo? Como todo en esta vida, depende. Depende de cada niño. Y si tienes suerte, tienes más de un hijo y te encanta la aventura, una vez terminan los “terrible two”, lentamente ingresan los temibles 4, que se supone es… la adolescencia de los niños... y ¡buena suerte! 

¿Quieres consultar más sobre los expertos? Webs en español:  Acá, acá y acá

miércoles, 9 de julio de 2014

¿Y los límites?

A propósito de un post que escribí un tiempo atrás y que sin quererlo generó bastante desasosiego en algunas personas que me conocen, creo que es necesario aclarar sobre los límites que tenemos todos como seres humanos, y que el sentido final de este post y todos (o la mayoría) de los post que escribo es reflexionar sobre lo que observo y vivo como madre. Poner mis inquietudes y fastidios sobre la mesa, ya sea, para reírnos, asustarnos, reflexionar y ¿por qué no? incluso, llorar.

El problema con el post que menciono: La más metiche del salón, es que se quedó ahí, en ser simplemente un post que generó un poco de bulla chismosa con mala intención. No generó la reflexión ni el autoanálisis necesario de un tema tan común y preocupante cómo es, el “ser metiche”. Pues, yendo un poco más allá de la palabrita graciosa e hiriente, el ser metiche o metete, significa no tener límites: no saber cuándo parar, no saber hasta dónde llegar, no saber respetar el espacio ajeno, la voluntad del otro, zurrarse olímpicamente. Es, en cierta manera, vivir con una falta de respeto constante al otro (sea un otro colectivo o individual) para hacer siempre lo que nos place y sin saber cuándo parar.
NeuroMamá Blog and son wearing glasses sporting a badass attitude
Preocupante, ¿no? Pues sí. El problema con estas madres “sin límites”, además que es un problema lidiar con ellas, es que suelen educar a sus hijos, también sin límites. Pero, ojo acá que éstas madres, no son las únicas que crían a sus hijos así. Cada vez hay más madres y padres que crían a sus hijos sin límites, sea porque tienen remordimiento de conciencia por verlos poco, o porque creen demasiado firmemente en una “crianza libre y sin control”, o simplemente están muy ocupados haciendo cosas "más importantes". Así, tenemos cada vez más niños criados sin límites claros, ni reglas básicas. Niños que no tienen hora de ir a dormir, ni hora de levantarse, niños para los que no hay un límite en la cantidad de televisión que pueden ver, o la cantidad y contenido de videojuegos que pueden jugar. Niños para los que no hay un límite en lo que pueden pedir, y en lo que se les puede comprar y en los casos más preocupantes, no hay un límite en lo que se puede y permite hacer. Niños que no saben ni entienden de respeto al otro.

Vamos,  me dirán algunos, ¿pero qué tiene de malo? Ya de grandes aprenderán. Yo les pregunto ¿cómo aprenderán si nadie les enseña? ¿en qué momento aprenderán límites y respeto si cuando son pequeños los padres no se lo enseñan?¿Peleándose con otras personas que no se  dejan someter a sus reglas y caprichos? Y, ¿qué va a pasar cuándo se encuentren con otro sin límites en el camino?   Me preocupa ver que hay cada vez más de estos niños a los que sus padres no les saben decir NO. Me preocupa ver cómo hay cada vez más mamás que rápidamente, se someten a los caprichos de sus hijos sólo para evitar un berrinche o un mal rato. Estoy de acuerdo en que el amor a los hijos debe ser sin límites, pero sí debe haber reglas y normas de respeto que ellos estén obligados a cumplir. Hay que saber enseñarles cuándo deben parar y cuándo, la respuesta es simplemente NO. Deben entender que hay límites. Si no, ¿qué estamos criando? al próximo o próxima “bully” de la promoción, o al próximo o próxima más “metiche” del salón. Y, estoy segura que eso es algo, que nadie quiere. 

viernes, 27 de junio de 2014

¿Cuál es el apuro?*

Ayer una amiga posteó en su estado de Facebook: “Un poco tarde, pero por fin dejó el chupón, próxima meta: el biberón”. Más abajo, ponía: “ya quiero que deje el biberón, ya, de una vez”. Cuándo lo leí pensé: ¿por qué? ¿Cuál es el apuro? ¿Qué pasa con que tome biberón? 

Esto trajo a mi mente, una situación que cada vez observo con más frecuencia: el apuro por hacer a nuestros hijos crecer. Y digo, hacer porque –en mi opinión-de cierta manera, forzamos, hacemos que “crezcan” presionandolos porque lleguen a sus hitos de crecimiento cuando a nosotros nos parece que deben hacerlo. Y cuándo nos parece que se atrazan un poquito, nos apuramos en llevarlos a terapias y estimulaciones, para que logren ¿sus? objetivos.

Sé que no hay nada mejor que ver a nuestros hijos alcanzar sus hitos de desarrollo. Nada nos llena más de satisfacción y orgullo que verlos lograr los objetivos que corresponden para su edad (y mejor aún si lo logran antes de la edad promedio) pero, lo que no entiendo es ¿por qué el apuro en verlos dejar de hacer cosas de niños? ¿Por qué quemar etapas? ¿Por qué no dejarlos ser niños? ¿Por qué nos angustiamos si vemos que llegó a cierta edad y aún no logra cosas que nosotros creemos que debería haber logrado? ¿Por qué no podemos disfrutarlos como niños tal y como son, con sus ritmos y caracteres?

En mi caso, soy consciente que hoy en día la carrera de la vida es cada vez más competitiva. Y, por supuesto, no quiero que mis hijos crezcan con ninguna desventaja. Quiero que sean adultos de éxito. Hago un esfuerzo grande por no caer en el juego del exceso de evaluaciones y pruebas y clases extra curriculares en aras de la “excelencia académica”. Intento (con muy poco éxito) no preocuparme cuando me dicen que mi hijo mayor es más inquieto que el promedio, o cuando me dicen que la segunda ya no debería chuparse el dedo y debería saber distinguir con claridad los colores. Intento no fastidiarme porque mi hija de 13 meses aún no camina. Lo intento, de verdad lo intento.

Y  no entiendo si es mi ego por querer demostrar al mundo lo hábiles que son mis hijos, o si es porque con estos pequeños logros infantiles  siento que están un paso más cerca de asegurar su éxito en la vida adulta. No lo sé. Criar a un niño es un trabajo complejo. Cada niño es único y cada uno trae sus retos. Y si bien esto lo tengo claro, a veces se me olvida. Se me olvida que no debo compararlos porque son únicos.

Van a crecer, de todas maneras lo van a hacer. No puedo hacer nada por impedirlo, y no gano nada adelantándolo. Mi bebé va a caminar, va a hablar, irá al colegio también. Mi hija la segunda dejará de chuparse el dedo y aprenderá todos los colores. Mi hijo mayor madurará y el mundo real y sus problemas le ganarán a su mundo de juegos e imaginación que tanto preocupa a sus profesores. Y  yo, debo de disfrutar a los niños maravillosos que Dios me dio, y darles la ventaja competitiva que los hará sobresalir en el futuro: una infancia feliz y sin angustias con una mamá que comprendió, que para crecer, no hay apuro. 

*Colaboración para el portal Padres de Hoy