lunes, 10 de marzo de 2014

Las mamás están locas



¿O debería decir, estamos locas? Hace un par de semanas, una amiga me invitó a que la acompañara a ver la clausura de la academia de verano de tenis de su ahijado. No tenía nada mejor que hacer y mis hijos estaban tomando siesta así que la acompañé. 

Llegamos 15 minutos temprano y ya estaba todo lleno. Reventaba de mamás, abuelas y tías. El ambiente era tenso y se podía sentir el estrés. Cogimos el mejor sitio que pudimos encontrar y nos sentamos a ver el partido. Empezó el primer grupo de partidos (se jugaban varios en paralelo) y todo iba normal, hasta que de pronto escuchamos unos gritos que venían de la otra cancha. Los gritos, ¡oh sorpresa! no eran de uno de los niños, sino de una de las mamás que estaba furiosa reclamando un punto al juez de línea. Mi amiga y yo nos miramos sorprendidas: no era para tanto, al final del día este era un partido amistoso de exhibición de la academia. Pero, aparentemente para las mamás era un asunto de vida o muerte, porque ella no fue la única. Absolutamente en todos los partidos, hubo una mamá que se quejó o reclamó un punto. Ya al final de la “exhibición”, era una locura: niños llorando, madres furiosas reclamando puntos o injusticias porque habían hecho jugar a sus hijos con niños más grandes, o niños que llevaban más tiempo en la academia, etc. Parecía, que sus hijos jugaban una final de un gran slam.

Salí totalmente sorprendida de la exhibición. Yo entiendo la competitividad, es más soy una persona altamente competitiva. Me gusta ser la mejor, y obviamente, en lo que hago quiero ganar. Me encantaría que mis hijos sean los más campeones de todo, pero ¿hasta el punto de volverme loca en un partido de clausura de la academia? Dios mío ayúdame, porque espero que no. Y con esta generación de madres altamente competitivas y neuróticas, será una tarea difícil. Las mamás  esperan ver a sus hijos ganar y han (¿hemos?) perdido el autocontrol. Porque, gritar al entrenador porque tu hijo no ganó el primer lugar, es una pérdida total del autocontrol.

Recordé entonces, la animadversión de mi hijo – un niño extremadamente intuitivo y sensible – a jugar partidos luego de su clase de fútbol. Sentía la fuerte expectativa que este partido generaba en los padres (padres y madres incluidos acá). Todos quieren ver a su hijo ganar, y si no… Comprendí también, porque casi muere cuando en la clausura de su academia de natación dijeron que era una competencia. Intuía, la ansiedad que esta palabra desata en las madres. Y él simplemente, no puede con esa presión. Gracias a su intervención, la competencia de natación se convirtió en un festival dónde, los niños iban a demostrar lo que habían aprendido en el verano. Con la palabra competencia fuera de la mente de las mamás, fue una mañana divertida dónde todas se dedicaron a aplaudir y a disfrutar los progresos de sus hijos.


Sin embargo, no puedo dejar de preguntarme ¿qué está pasando con las mamás? La competencia es sana, pero ¿con estos niveles de presión y ansiedad? No lo creo. ¿Habrá sido siempre así?  Me da miedo, me da miedo porque no quiero volverme así, y me da miedo porque los niños sensibles, como mi hijo, la van a pasarla particularmente mal. Sólo espero, dejar mi parte neuro y poder alentar a mis hijos y acompañarlos en sus triunfos y sus fracasos tal como lo hicieron conmigo mis papás. Así, que creo, que es momento de pedirle un consejo a mamá. Después de todo, no salí tan mal ¿no?

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