domingo, 20 de abril de 2014

Pascua Sugar High

Suena a una teen movie gringa, pero nada más lejos de la realidad. No tiene nada que ver con un colegio, ni con adolescentes enamorados, ni con USA. Más bien, tiene que ver con un niño en edad preescolar y su hermanita menor, con un balneario al sur de la bella ciudad de Lima, Perú y con el exceso de chocolates (léase huevos de Pascua) que consumieron esta mañana.

Todo empezó muy temprano en la mañana el día de hoy. Yo, con mucha ilusión e ingenuidad escondí los huevos de Pascua en el jardín. Mis hijos los buscaron, y por supuesto, una vez los encontraron se los quisieron comer. Inocente yo, les dejé comer tranquila. Una vez terminada la búsqueda en mi casa y cuándo estaban felices jugando, llamó su abuela (quien vive -literalmente- a media cuadra de mi casa) para invitarlos a otra mini búsqueda del huevo de Pascua. Así, que allá fueron. 

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Por supuesto, luego de encontrar los huevos también se los quisieron comer. Como yo ya no estaba presente para poner mano dura (ayyy, que ingenua soy), su abuela les dejó comer todo lo que quisieran. Y, se comieron todo. Un par de horas después, participaron – como todos los años – en la gran búsqueda de huevos de Pascua de la playa. Al terminar el juego, todos los niños recibieron unos huevos gigantes, que por supuesto mis hijos intentaron devorar. Logré que no se los comieran, pero en algún momento mientras hacía las maletas para regresar a Lima, se escaparon a casa de su abuela y se comieron todo lo que pudieron.

Ya para la hora del almuerzo estaban bastante alterados. En el carro durante el regreso a Lima estaban bien movidos. Sin embargo, el carro logró adormecerlos. Pero, eso sólo fue peor porque a la mitad de camino, la princesita, se levantó y vomitó todo el chocolate que había comido en el carro de papá (ayyyy). Una vez en casa, las cosas no mejoraron. El Chino estaba hecho un locón. Gritaba y corría por toda la casa: le quitó el control remoto a su papá y lo tiró, pegaba patadas y puñetes voladores a todo el mundo. Le cayeron varios a su nana y un par a mí. Le jaló las orejas a la perra y despertó a la bebé de su siesta. Su hermanita, no se quedaba atrás: empujaba los muebles por toda la casa, renegaba y lloraba.

Calmar a la princesa, fue fácil. Le puse un video de Frozen en mi celular. Pero, al mayor no había manera de calmarlo. Intenté jugar a las manualidades que son siempre muy exitosas, pero fue imposible. Lo ignoré, y fue peor. Al final, lo único que se me ocurrió fue bañarlo. Así, que prendí la tina a lo más full que se puede, le di sus lentes de natación y le dije a su nana: que se remoje hasta que sus dedos salgan arrugaditos o se calme, lo que pasé primero. 

Estuvo cerca de 40 minutos en la tina. El agua estaba congelada y él aún conservaba la chispa. Pero, ya era un niño manejable. Le pusimos su pijama, a su hermana también. Ella cayó en 5 minutos, sólo con su leche. Él cenó, pero finalmente cayó como un tronco hace una media hora atrás. Ahora, yo me quedé dormida dándole su biberón a la bebé y estoy decidida a no darles chocolate, ¡nunca más!


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