miércoles, 28 de mayo de 2014

Mi hijo con espíritu en el colegio: 1er bimestre

La semana pasada tuve la primera reunión formal padres-maestros en el colegio de mi hijo. Esta fue la primera reunión en mi historia como madre de un escolar, y comprenderán que aunque mi pimpollo todavía está en prekinder, yo me moría de nervios. No paraba de preguntarme cosas tipo, ¿Por qué soy de las primeras mamás que cita? ¿Será por qué es el más terrible del salón? ¿Estará obedeciendo las órdenes? ¿Habrá aprendido a quedarse mudo y sentado? Con mis experiencias previas criando a un niño con espíritu, estas reuniones me ponen muy nerviosa. Además, debo añadir que todo el mundo te asusta con lo exigentes que son en el colegio.

Finalmente, luego de varios días de tensión llegó el día de la reunión. Fui sola, mi esposo no me pudo acompañar. Antes de salir para allá, volví a leer mi “biblia” de crianza (ver post Criando a un niño con espíritu)  y memorice todo los adjetivos positivos que se utilizan para describir a los niños con espíritu y me inventé más: tenaz, en lugar de terco; decidido, en vez de voluntariosos; energético, entusiasta y  apasionado, en lugar de movido y “no se queda quieto”.  Tenía que tener este vocabulario a la mano por si el profesor me salía con comentarios tipo: “no sabe estar quieto”.

Como nunca, llegué re-temprano. Para mi buena suerte, vi al profesor conversando con otra mamá del salón cuyo hijo es recontra tranquilo. Ufff, pensé, entonces no ha citado a los movidos (con espíritu, digo) primero. Empezamos bien. Cuando pasé a conversar con él, yo tenía un nudo en la garganta. Empezó pidiéndome que le cuente cómo era mi hijo y su desempeño el año anterior. Le conté todo lo que sale acá, aunque matizándolo un poquito. Utilicé todos los adjetivos positivos mencionados arriba para describirlo.  Cuando terminé con mi descripción, él empezó, sus palabras textuales (lo sé porque las apunté en mi agenda) fueron: “Él está muy bien, es un niño muy hábil con mucho potencial. Entiende todo, retiene todo. Incluso, a pesar de que faltó a clases, fue el único que recordó la lección. Además, es un niño muy bueno, conciliador, cero agresivo, no pelea y tiene una gran llegada con el salón…”…. ¿QUÉ? No lo podía creer, ¡¿ese es mi hijo?! ¿El mismo al que hace un par de años atrás, me habían dicho que lo lleve a un neurólogo? 


Ya se imaginaran mi felicidad. Imposible describirla con palabras. Mi corazón no cabía en mi
pecho. Pero, ¿qué había pasado con mi niño con espíritu? ¿Dónde estaba su carácter cuestionador, su tenacidad, su vehemencia? Todo eso sigue ahí. Como me explicó su profesor, sigue siendo un niño con mucho espíritu. Y como tal, todavía le cuesta mucho quedarse quieto y seguir órdenes en actividades poco estructuradas. Todavía, le cuesta también, sentarse tranquilo en la alfombra por varios minutos y esperar con paciencia las respuestas a sus múltiples preguntas. Aún, le cuesta autoregularse. Todavía es un gran cuestionador, curioso e imaginativo que con energía y entusiasmo busca sacar adelante sus proyectos. Todavía se exalta y salta hasta el techo cuando una idea lo entusiasma, todavía grita y llora de la felicidad.

Como dijo el profesor, todavía no está como el promedio, aún no es un niño promedio. Afortunadamente, sigue siendo un niño con espíritu, y digo afortunadamente porque  ¿quién quiere un niño promedio cuando ya se tiene a uno con un gran espíritu? 

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