lunes, 18 de agosto de 2014

Mi viaje de terror

Hace unas semanas atrás posteé sobre las vacaciones de mis sueños (ver post acá), y las ganas de poder realizarlas pronto. Sobre lo que no escribí, fue sobre el terror que tenía del viaje que iba a realizar en estas vacaciones. El viaje fue por un motivo muy especial: el matrimonio de mi hermana. Y aunque no hay nada más lindo que un viaje familiar para una celebración de amor; viajar con 3 pequeñitos uno de 4 años y 10 meses, otra de 2 años y 9 meses y la tercera de 15 meses, a mí, me generaba TERROR.

Lo que más terror me daba era el vuelo: 12 horas y media el primer avión, una hora y media el segundo y una escala de 90 minutos (mi hermana se casó en un reino muy, muy lejano). Además de la chamba que implicaba atender durante casi dos semanas a 3 pequeños absolutamente dependientes, sin ninguna ayuda externa (¡nana!) y con un evento tan importante de por medio. Con mucha ansiedad por estos temas y mucho temor por mi salud mental, nos embarcamos hacia allá en un vuelo nocturno. Fue una buena idea pues ellos durmieron bastante bien y aunque mi marido y yo no tanto, pudimos descansar algo. Una vez allá, el jet lag fue brutal, 3 días completos en que los niños se levantaban en la madrugada muertos de hambre (era su hora de almuerzo) y la bebé se pasó más de 3 horas levantada sin poder dormir. Felizmente, luego de 3 días, todos nos aclimatamos y la chamba disminuyó (por lo menos durante la noche).

Otro de mis temores era mi pequeña de 15 meses, quien todavía no duerme de corrido en la noche, (¡sí,
todavía! Ver post acá y acá) pero, una vez superado el jet lag, empezó a dormir corrido como una reina, supongo que por el agotamiento de los días tan intensos que teníamos. Felizmente, los primeros días contamos con mis papás y la novia para ayudarnos, pero ellos también terminaban muertos. 

Los días previos a la boda, la chamba aumentó pues al viajar al pueblo del novio en donde se realizaría la boda, nosotros nos fuimos a un hotel y el resto de mi familia se fue a otro ¿por qué? No me pregunten por qué hicimos eso. Felizmente, ya estábamos aclimatados y manejábamos muy bien la logística con los 3. Aunque, claro, hubo momentos en los que honestamente pensé que moriría del agotamiento y mi fatiga y frustración eran tales que quería llorar y gritar cómo una loca (hice ambos, aunque sobre todo lo segundo). Nadie del grupo familiar se escapó de mis gritos y/o palabras hirientes (ni la novia, ni mis hijos: ¡disculpen!). Incluso, hubo varios momentos en los que mi esposo y yo nos cuestionamos si el viaje había sido una buena idea, y que quizá sería mejor no haber ido…

Hasta que llegó el día de la boda...Y vi a mi hermanita tan feliz, tan plena, a mis hijos felices compartiendo con su familia (mi segunda, mi pipesa, llevó los aros y la cola de la novia), disfrutando de la alegría de su “tía favorita”, mis papás felices, mis hermanas también, y por supuesto yo también.

Y si pues, aunque haya sido un suplicio llegar hasta allá, aunque fue la peor tortura del mundo regresar a Lima en un vuelo de día (no lo recomiendo para nada, todavía me duele la cabeza pues, fueron más de 15 horas seguidas en la que yo no dormí) aunque, no conocí ni la mitad de lo que hubiera podido conocer en un viaje adulto y comí más McDonalds de los que había comido en toda mi vida... claro que valió la pena y por supuesto que lo volvería hacer (en unos 5 años, ¡más o menos!) y desde acá les deseo, a mi hermana y mi cuñado, toda la felicidad y el amor del mundo. 

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