viernes, 27 de junio de 2014

¿Cuál es el apuro?*

Ayer una amiga posteó en su estado de Facebook: “Un poco tarde, pero por fin dejó el chupón, próxima meta: el biberón”. Más abajo, ponía: “ya quiero que deje el biberón, ya, de una vez”. Cuándo lo leí pensé: ¿por qué? ¿Cuál es el apuro? ¿Qué pasa con que tome biberón? 

Esto trajo a mi mente, una situación que cada vez observo con más frecuencia: el apuro por hacer a nuestros hijos crecer. Y digo, hacer porque –en mi opinión-de cierta manera, forzamos, hacemos que “crezcan” presionandolos porque lleguen a sus hitos de crecimiento cuando a nosotros nos parece que deben hacerlo. Y cuándo nos parece que se atrazan un poquito, nos apuramos en llevarlos a terapias y estimulaciones, para que logren ¿sus? objetivos.

Sé que no hay nada mejor que ver a nuestros hijos alcanzar sus hitos de desarrollo. Nada nos llena más de satisfacción y orgullo que verlos lograr los objetivos que corresponden para su edad (y mejor aún si lo logran antes de la edad promedio) pero, lo que no entiendo es ¿por qué el apuro en verlos dejar de hacer cosas de niños? ¿Por qué quemar etapas? ¿Por qué no dejarlos ser niños? ¿Por qué nos angustiamos si vemos que llegó a cierta edad y aún no logra cosas que nosotros creemos que debería haber logrado? ¿Por qué no podemos disfrutarlos como niños tal y como son, con sus ritmos y caracteres?

En mi caso, soy consciente que hoy en día la carrera de la vida es cada vez más competitiva. Y, por supuesto, no quiero que mis hijos crezcan con ninguna desventaja. Quiero que sean adultos de éxito. Hago un esfuerzo grande por no caer en el juego del exceso de evaluaciones y pruebas y clases extra curriculares en aras de la “excelencia académica”. Intento (con muy poco éxito) no preocuparme cuando me dicen que mi hijo mayor es más inquieto que el promedio, o cuando me dicen que la segunda ya no debería chuparse el dedo y debería saber distinguir con claridad los colores. Intento no fastidiarme porque mi hija de 13 meses aún no camina. Lo intento, de verdad lo intento.

Y  no entiendo si es mi ego por querer demostrar al mundo lo hábiles que son mis hijos, o si es porque con estos pequeños logros infantiles  siento que están un paso más cerca de asegurar su éxito en la vida adulta. No lo sé. Criar a un niño es un trabajo complejo. Cada niño es único y cada uno trae sus retos. Y si bien esto lo tengo claro, a veces se me olvida. Se me olvida que no debo compararlos porque son únicos.

Van a crecer, de todas maneras lo van a hacer. No puedo hacer nada por impedirlo, y no gano nada adelantándolo. Mi bebé va a caminar, va a hablar, irá al colegio también. Mi hija la segunda dejará de chuparse el dedo y aprenderá todos los colores. Mi hijo mayor madurará y el mundo real y sus problemas le ganarán a su mundo de juegos e imaginación que tanto preocupa a sus profesores. Y  yo, debo de disfrutar a los niños maravillosos que Dios me dio, y darles la ventaja competitiva que los hará sobresalir en el futuro: una infancia feliz y sin angustias con una mamá que comprendió, que para crecer, no hay apuro. 

*Colaboración para el portal Padres de Hoy

miércoles, 18 de junio de 2014

Un accidente casero

¿Quién no ha escuchado de alguna muerte infantil ocurrida en el ámbito doméstico? Lamentablemente, estos accidentes fatales caseros son bastante comunes, más comunes de lo que uno imagina.  Según la American Academy of Pediatrics mueren por causa de estos accidentes (sólo en USA) entre 40 mil y 50 mil niños por año. Sin contar que otros miles quedan permanentemente discapacitados. Lo peor de esto, es que en el 90% de los casos estos accidentes son totalmente prevenibles. Es decir, con una prevención y un control adecuado estos accidentes jamás hubieran ocurrido. (Estadísticas acá) ( Y acá)

Hace un par de noches atrás, estuve cerca de formar parte de estas horrendas estadísticas. O quizá no, pero por 3 terribles segundos mi esposo pensó que sí. Esa tarde habíamos tenido una fiesta infantil y habíamos llegado a casa destruidos los 4: mis 3 hijos y yo. Llegamos justo para bañarlos y dormir. Con la poca energía que me quedaba hice dormir a la bebé, le di su leche y cayó como un tronco. Luego, hice dormir a los más grandecitos y, como suele suceder, me quedé dormida con ellos.

Estaba profundamente dormida, cuando  entre sueños escucho a mi esposo pegar de alaridos. Él siempre que llega después de la hora de dormir, entra a los dormitorios de los niños y (ahora pienso que, afortunadamente) prende la luz. Esa noche, llegó y vio a la bebe de 13 meses echada sobre su propio vomito. Trato de despertarla y no se movió. La sacudió y nada. Fue entonces, que pensó en lo peor (no quiero ni escribirlo). Felizmente, sus gritos la despertaron (y a toda la casa). Pero, ¿qué había pasado? Al parecer mi pequeñita estaba tan cansada que vomitó, y siguió durmiendo. Gracias a Dios, yo la había acostado boca abajo, así que simplemente lo hizo y no pasó nada. Nadie la escuchó, nadie se dio cuenta. Yo dormía y la nana, comía en la cocina. 
<div style="background-color:#fff;display:inline-block;font-family:'Helvetica Neue',Arial,sans-serif;color:#a7a7a7;font-size:11px;width:100%;max-width:337px;min-width:300px;/ <a href="http://www.gettyimages.com" target="_blank" style="color:#a7a7a7;text-decoration:none;font-weight:normal !important;border:none;display:inline-block;">gettyimages.com</a></div></div>

Además de renegar por mi desidia al no haber instalado todavía el monitor. Toda la noche me quedé pensando: ¿cómo es que no la escuché, si yo escucho todo? ¿Cómo no me di cuenta, si en las madrugadas incluso a 3 cuartos de distancia la escucho?¿qué hubiera pasado si la acostaba boca arriba? Algunas veces lo hago, total, ya está grande y ella se mueve a su antojo. Pero, esa noche no sé. Decidí acostarla como me enseñó mi papá: boca abajo, siempre boca abajo. Ese fue su consejo desde el primer día que nació mi hijo mayor. Sé que la American Academy of Pediatrics recomienda que duerman boca arriba, pero en esta decidí hacerle caso a la tradición (mi papá), y un poco a mi intuición, y me alegro mucho. No sé, que hubiera pasado si la acostaba boca arriba. Siempre pensé que mi súper oído de neuro_mamá gallina lo escuchaba todo, pero esta vez me falló. O ¿quizá no hizo ruido?  


Felizmente, no paso de ser nada más que un susto y una lección. Una lección para mí (y espero también, para quien me lee), a no confiarme. A estar siempre alerta, sobre todo si estoy muy cansada. Yo estaba agotada, debí decirle a la nana que se quedé con la bebe. También, me quedé pensando en mis hijos más grandes. Todavía son pequeñitos. El mayor tiene 4 años y medio y la segunda 2 y medio. A veces, me confío demasiado y los dejo jugando solos un buen rato o viendo televisión sin ninguna supervisión adulta.  Y es que los accidentes son así, en cuestión de segundos suceden y después es demasiado tarde. Recordé también un post que escribí al respeto, cuándo en una fiesta casi pasa  una tragedia y en nuestras narices (De cumpleaños feliz a casi, casi tragedia).Y me di cuenta, que … los accidentes caseros son los más tontos, los más comunes y los más mortales… 

martes, 17 de junio de 2014

¿Qué es ser una neuro-mamá?*

Estos últimos días mucha gente me pregunta por qué escribo, qué es mi blog (Neuro Mamá Blog) y hasta para qué sirve. Trato de responder estas preguntas lo más amablemente posible, pero debo admitir que me incomodan bastante. No me gusta que me pregunten, quisiera que nadie sepa que el blog es mío y odio las preguntas filosóficas que me hacen del tipo ¿Qué es? ¿Para qué? ¿Por qué? Y, la que más odio ¿qué ganas?  
Logo Neuro Mamá Blog - Milagros Sáenz González
Pero, aquí, en la privacidad de mi blog puedo reconocer que son preguntas válidas y que mi trabajo de camuflaje está muy mal. Así, debo responder y responderme las preguntas básicas: ¿Por qué escribo un blog? Empecé escribiendo porque tenía la necesidad de transmitir los miles de sentimientos que me invadían. Mi hijo mayor tenía casi un año y mi vida había cambiado radicalmente. Los sentimientos generados por la maternidad, eran excesivamente intensos y abrumadores, tenía una necesidad colosal de compartirlos. Además, me encontraba en un período de crisis existencial, pues había dejado mi trabajo/carrera por cuidar a mi hijo y, veía como mis compañeros crecían profesionalmente y yo, en casa limpiando mocos y algunos días, sin salir a la calle. Así, que decidí escribir. Decidí poner estos sentimientos en papel, para poder sacarlos de mí, analizarlos y ¿por qué no? Compartirlos. Estaba segura, que no era la única (y no me equivoqué). Luego, me di cuenta que escribir me calmaba y me ayudaba a ver las cosas con más perspectiva.

¿Qué es neuro_mamá? Pues bueno, es el nombre del blog donde comparto todas mis dudas, angustias y locuras sobre ser una mamá un poquito (ojo, sólo un poquito) neurótica. ¿Yo soy neuro_mamá? Pues, aunque me dé un poquito de vergüenza, sí. Yo soy, una neuro mamá total. Una mamá, que se preocupa por todo lo de sus hijos, todo el tiempo y que anda atrás de ello todo el día. Una mamá, monotemática y aburrida, pues su principal tema son sus hijos y todo lo que está relacionado con ellos. ¿Hay otras neuro_mamás? Me alegra decir que sí, que no soy la única. Que somos varias, somos muchas y cada vez aparecen más.

Finalmente, ¿qué gano escribiendo un blog? ¿Plata? No, nada. Ojalá, llegue un día en que por lo menos me pueda comprar un helado con esto. ¿Fama? Menos, este blog es tan íntimo que mientras más anónima me mantenga mejor. ¿Qué gano, entonces? Aplacar mis demonios y ahorrarme la terapia. Eso y sólo eso. Y también,  poder compartir estos sentimientos y emociones tan intensos y saber que no soy la única, aunque quizá sí… la más neurótica de todas las mamás. 

*Colaboración con el portal digital Mamitips

jueves, 12 de junio de 2014

Terapias, terapias y más terapias*

Ayer estaba en una fiesta conversando con una amiga. Ya era un poco tarde y la fiesta estaba por terminar cuando de pronto llega otra amiga con su hijita. Por supuesto, le preguntamos qué por qué llegaba tan tarde. Y nos respondió entre susurros: porque hoy es día de terapia de mi hija, y ya estoy harta de que se pierda todas las fiestas y los eventos. Así, que la traigo aunque sea un rato.

Nos pusimos a conversar sobre la obsesión actual por las terapias. Sobre todo, en los nidos. Parece, que la misión del nido es no alertar a los papás de posibles problemas que quizá puedan presentarse en un futuro, si no de traumarlos para que los niños entren perfectísimos al colegio y así, los profes del colegio se la pasen bien. Claro, si nos los niños ya llegan con miles de horas de terapia. ¿Cuál es la chamba del colegio? En el salón de mi hijo en el nido, no había ni uno que se escapaba de haber hecho alguna terapia.   

Además, por supuesto esta “sugerencia” de terapias es alimentada por la noica de las madres que queremos que nuestros hijos sean perfectos y no entren con ninguna desventaja en comparación del resto de niños. Así, entre nidos/colegios y neurosis maternas nos alimentamos mutuamente y seguimos con esta fijación por las terapias, dónde al final los más perjudicados son los niños. No tienen horas de juego libre para desarrollar la imaginación, no tienen periodos de descanso, nada de lo que sí gozamos en mi generación.


Varias, veces he escrito sobre mi resistencia a meter a mis hijos a terapia. Pero, es un tema que no me cansa. En mi época (sí, ya estoy vieja) no era así. Sólo, iban a terapia los que realmente necesitaban una ayuda muy obvia. Y esto, sólo era a partir de los 5 años. Antes, los niños eran considerados muy pequeños para que valiera la pena. ¿Era mejor o era peor? No lo sé, pero por lo menos nos dejaban ser niños y no nos perdíamos las fiestas, las invitaciones de los amigos, ni similares. Ahora, tendremos una generación de niños “perfectitos” y sumamente ocupados dónde hasta los espacios de juego son regulados. ¿Cómo serán? ¿qué tal les irá? Sólo lo sabremos en el futuro. Mientras tanto, yo dejo que mis hijos jueguen y le digo NO a las terapias. Hasta que el colegio me obligue, o realmente me dé cuenta que lo necesita. 

*Colaboración con el portal digital Mamitips

lunes, 9 de junio de 2014

La más metiche del salón

Sí, ya sé lo que están pensando, que la más metiche del salón, de la promoción y de la vida soy yo. Y que me siento muy orgullosa de serlo y les voy a contar al respecto. Pues, NO. No es así.  Esta vez no voy a hablar de mí, y de cómo me meto en todo lo concerniente a mis hijos, de eso ya he hablado suficiente. Ahora más bien, voy a hablar de un (gracias a Dios) poco común espécimen de neuro madre que pulula por los colegios (y los nidos también), y a la cuál desde el día de hoy le he cogido una tirria enfermiza: la mamá más metiche del salón (a.k.a la mini miss).

Definitivamente, la vida de esta madre gira alrededor de sus hijos y no tiene nada mejor que hacer que andar alrededor de ellos. Hasta ahí, todo bien. Además, uds. dirán ¿en qué se diferencian de ti, entonces? Bueno, espero (realmente, lo hago) que nos diferenciemos en el hecho que, yo jamás me tomaré atribuciones que no me corresponden, y menos aún me meteré en dónde no me han llamado. Y es precisamente en esto en lo que radica mi repentino odio a la versión más hard core de las neuromamás: su falta de límites, el no saber hasta dónde y cuándo meterse, el tomarse atribuciones que nadie les ha dado, y por último no darse cuenta cuándo incomodan y es momento de parar. 

Afortunadamente, sólo me he topado con un par de especímenes de este tipo en mi vida. Ambas en la primera infancia de mis hijos. Una de ellas alborotaba con su entusiasmo el nido al que asistían mis hijos, además de fungir de organizadora del salón: organizaba el cumpleaños de la Miss, de la auxiliar, del portero y hasta de los pájaros mascotas que hay; también las tardes de juegos, fiestas de navidad, de halloween y similares y, por supuesto se colaba a todos los paseos (sí, sí aún a aquellos en los que estaba prohibido). Para mí, que en aquel entonces trabajaba, me era muy útil. Claro, el problema era para las mamás que estaban ahí y, sobre todo, para la miss. Más de una vez en la que llegué tarde a la hora de entrada me la encontré mirando por la ventana del salón dando órdenes a los niños y a la auxiliar, o peor aún diciéndole a la miss que debía de hablar con alguna mamá porque no veía bien al niño. O, la peor de todas, sentada en la alfombra del salón y sin moverse cuando la miss (con cara de desesperación) hacía sonar su campanita y era hora de empezar clases. Ella no se movía.

Little girl dessed up as a viking
El otro espécimen lo tengo ahora en mi salón. Y quizá, el motivo por el cual le tengo tanta tirria es porque se mete en todo aunque nadie le haya pedido y con su presencia altera a mi hijo (pues él quiere que también esté su mami). Cuando se pide voluntarias para ayudar en ciertos eventos ella, por supuesto, es la primera en apuntarse y la última en irse. Y bueno, ahí todo ok pero... cuando no es su turno de colaborar, ella igual está ahí. Llega primera y se va última y no capta que su presencia es non grata. No deja participar a otras mamás,  aunque a ellas sí les corresponde. Para muestra un botón, esta mañana insistió en quedarse a ayudar en una celebración interna, a pesar que no está permitido, y se fastidió muchísimo cuándo le dije que no se podía quedar pues no era su turno. 

Por lo pronto, la auxiliar la tiene entre ceja y ceja pues le quita funciones (¿quizá quiere su chamba?). De verdad que no habría ningún problema si no fuera porque - en mi opinión - estas madres tanto la primera (la del nido) y la segunda (del colegio) con su actitud muestran una total falta de respeto y consideración para con las demás personas. La profesora, los otros padres de familia (que sí cumplen con las disposiciones del centro educacional), los niños (sí ellos también) y por último, el centro de estudios. En fin, tomaré esto como lo que no quiero llegar a hacer por muy neuro que sea.