martes, 25 de noviembre de 2014

Un consejo, hasta de un conejo

Hace un tiempo atrás recibí la llamada de una muy buena amiga, ella estaba sumamente afectada por un post que yo había escrito. Me regañó por haber escrito sobre (según ella un falso) diagnóstico que le habían hecho a mi hijo. Sus palabras fueron claras: “¿Qué te has creído tú para exponer así a tu hijo? ¿Cómo se te ocurre ser tú la que lo etiqueta? ¡¡¿Estás loca?!! Tú, no sabes quién lo puede leer y al final al que van a fregar es a tu hijo. Lo vas a fregar a él”.  

En un principio pensé no hacerle caso, pero después de meditarlo me di cuenta que tenía razón. Su llamada hizo que me dé cuenta que efectivamente, estaba exponiendo demasiado y hay gente que no tiene muy buenos sentimientos, ni deseos y no es necesario (y mucho menos bueno) darles tanto detalle. Me alegró también, saber que esta amiga - aunque me haya gritado -  se preocupaba por mí y por el bienestar de mi hijo. Decidí hacerle caso y removí el post.

Esta mañana, recibí una llamada similar. Una nueva amiga me llamó por un motivo similar. Había
descubierto mi blog y estaba preocupada, pues había algunos posts que le habían parecido demasiado reveladores y que podrían afectar la sensibilidad de algunas personas. Me sugirió que tenga más cuidado y me cuide mucho de hablar sobre otras madres y/o eventos que ocurren en el colegio de mi hijo, pues, algunas personas podrían malinterpretar mis comentarios y me ganaría problemas por gusto. Además, me señaló que al final, el mayor perjudicado sería mi hijo, pues con la gente del colegio todavía nos quedan 11 años más.

Su llamada me sorprendió mucho. No me la esperaba, y no es que no haya recibido críticas por lo que escribo, para nada, he recibido múltiples críticas y hasta una simpática amenaza. Si no, me sorprendió mucho su valor al decírmelo. Conozco muy poca gente que se hubiera atrevido a hacer algo así, es más tengo "amigas" a las que algunas cosas que he escrito no les ha parecido y en lugar de decírmelo directamente comentaron con terceras personas sobre cómo me había "excedido" con mi escrito. Pero, ella no. A pesar que nos conocemos muy poco, me lo dijo en mi cara y eso es algo que aprecio mucho.

Ahora, estas dos llamadas me han hecho dar cuenta de algo: primero, que no soy inmune a las críticas, (aunque yo pensaba que sí). Segundo, tengo que tener más cuidado con lo que publico, pues si bien para mí escribir es catártico, puedo en mi catarsis - sin querer queriendo - herir susceptibilidades, y eso no es lo que quiero para nada. Y, por último, que con esto, puedo afectar la tranquilidad de mis hijos. Mi ligereza al narrar ciertas situaciones puede afectar sus relaciones y su ambiente; y eso es lo último que quiero. No quiero traerles momentos difíciles por malentendidos, ya la vida es lo suficientemente complicada de por sí.

Así, que como decía mi abuelita "un consejo, hasta de un conejo", y a tener más cuidado. Porque lamentablemente, ya el anonimato está muy difícil. 

miércoles, 19 de noviembre de 2014

El ninja no se quiere casar con la princesa

Suena a título de película o de libro para niños, pero no lo es. Es el nombre del juego que últimamente juegan mis hijos todos todo el día. El juego consiste en que algún ninjago, o alguna tortuninja o algún juguete ultra masculino de mi hijo llora y está triste porque alguna princesa (por lo general una Barbie Cenicienta) se quiere casar con él y, por supuesto, él no quiere. La princesa lo busca y lo persigue, mientras el ninja corre o maneja su carro de Lego a toda velocidad.  Luego de un rato, la princesa se aburre y se va; acá el ninja vuelve a buscarla para nuevamente caer en la misma dinámica. El juego termina cuando mi hija se harta y dice: “La princesa ya se cansó, ahora se va a su castillo con sus amigas”.

Interesante juego ¿no? Parece sacado de un libro de texto de “psicoanálisis del juego de los niños”.  Si partimos de la premisa que los niños procesan todo lo que viven, ven y sienten mediante el juego, podemos inferir que mi hijo de 5 años (el inventor del juego) ha observado en su grupo social una relación hombre-mujer (ninja-princesa) dónde los primeros, rehúyen el matrimonio y las segundas lo buscan por todos lados. Obviamente, él no ha llegado solito a esta conclusión, la sociedad (con todo lo que esta implica) le ha ayudado. Esta conclusión la ha sacado de observar los comerciales de la televisión, las películas de princesas (su hermana es adicta), revistas, cuentos y por supuesto, también conversaciones  y su día a día dentro de su, aún, reducido entorno social.

Lo qué cómo mamá me preocupa es ¿qué está observando mi hijo? Mis esfuerzos por criar a 3 niños libres de estereotipos de género están resultando vanos. Me pregunto, ¿Qué conversaciones está escuchando? ¿Qué está infiriendo de las relaciones de género que observa? ¿Qué está observando en mí, en su papá, sus tías, tíos y abuelos? Finalmente, somos nosotros sus referentes primarios, ¿no?

Con esto, me queda claro que a los niños no se les escapa ninguna. A mi hijo no se le han escapado mis conversaciones con amigas solteras que quieren dejar de serlo, y mi preocupación por verlas tan tristes por esta situación. Tampoco se le han escapado mis conversaciones con amigos incitándolos a que de una vez se casen. Tampoco, se le ha escapado el mensaje subliminal de todas las películas y cuentos de princesas. Lee entre líneas y percibe cosas que ni yo misma me doy cuenta. Y así, sin querer queriendo, ayudo a perpetuar estereotipos de género que tan duramente combatí.

Me vuelvo a preguntar: ¿qué me están diciendo mis hijos? ¿Que no podemos combatir la ideología dominante? ¿Qué mi ninja va a estar triste cuándo una princesa se quiera casar con él? Espero que no ¿Y mi pipesa? ¿Va a corretear a un “ninja” para que se case con ella? Espero también, que no. Mientras tanto, intentaré consumir menos Hollywood y más Manuela Ramos, menos subestimarlos y más explicarles directamente. Y así, poner mi granito de arena para criar hombres y mujeres libres de estereotipos y prejuicios que les impidan realizarse plenamente. 

lunes, 10 de noviembre de 2014

¿Y el marido?

Debo confesar que desde que me volví mamá mi esposo pasó a un segundo plano. No fue por falta de amor, para nada. Siempre lo he amado muchísimo. Fue porque simplemente no tenía ojos, ni tiempo ni ganas para nadie ni nada que no fuera mi hijo. Los sentimientos que estaba experimentando como madre primeriza y el encanto hacia mi recién nacido eran tan fuertes que, absolutamente todo pasó a un segundo plano, incluso yo. 

Naturalmente, con el tiempo me acostumbré a estos sentimiento tan poderosos, perdí el miedo a salir y dejar a mi bebé y me acostumbré al trabajo duro que es criar a un niño (sobre todo un recién nacido). Regresé al primer plano del que nunca debí salir, me acordé que tenía un esposo que me gustaba mucho y salí embarazada de mi segunda hija. El impacto de la llegada de la segunda no fue tan fuerte, aunque el amor y las ganas de estar el 100% de mi tiempo con ella sí. Me debatía entre querer darle a la segunda la misma calidad y nivel de atención que le había dado al primero, y poder mantener la misma cantidad y calidad de tiempo con mi hijo mayor. En este debate, ni si quiera existía una opción para mi marido.

La llegada de nuestra tercera hija nos agarró de sorpresa. Cuando recién empezábamos a disfrutar ser una familia de cuatro, recién empezábamos a salir solos de nuevo. ¡Pum! Venía la tercera. Yo no había recobrado ni mi peso, ni mi figura. Todavía, no me sentía muy cómoda repartiendo mi tiempo entre dos y mucho menos sabía cómo sería mi vida con tres. Nuevamente, mi marido pasó a un segundo plano, aunque creo que nunca salió del todo.

Con la llegada del primer hijo ni mi esposo ni yo nos dimos cuenta del cambio de prioridades. Fue algo natural. Con la llegada de la segunda, él sintió un poco la pegada y empezó a reclamar. Pero, fue con la llegada de la tercera que ya se empezó a quejar abiertamente. Yo andaba totalmente desquiciada tratando de atender a tres pequeñitos,  medio depre porque mi cuerpo había sufrido daños irreparables y con cero ganas de atender a “un hijo más”. Así que, él se mantuvo en el segundo plano al que lo había relegado. Se quejaba constantemente de que “ya no tenía esposa”, y creo que hasta cierto punto era cierto, pues yo sólo tenía fuerza y ganas para ser la madre de sus hijos.

Después de un tiempo me nivelé, me acostumbré a lidiar con 3 pequeñitos, recuperé (algo) de mi figura y me acordé de mi esposo. Felizmente, él estaba ahí con ganas de ser recuperado por su mujer. No fue fácil. Nos costó retomar nuestro ritmo de pareja (y nunca será como antes de los hijos), pero me sorprendí recordando lo bien que la pasamos juntos. Y, creo que eso es a veces lo que pasa con las parejas, sobre todo con las que tienen hijos: nos olvidamos de lo bien que lo pasamos juntos, de las aficiones comunes que nos unen. Nosotras andamos tan metidas en mil cosas de la crianza, estamos tan cansadas que nos olvidamos cómo empezó todo: con una historia de amor, ¿no?

Y bueno, yo no me quiero olvidar de la mía. Quizá a muchas les sonaré anticuada y totalmente anti-feminista (por no decir machista) pero –  estoy siguiendo el consejo de mis abuelitas – y estoy “atendiendo” a mi marido. Estoy invirtiendo en mi matrimonio. Estoy durmiendo menos y saliendo más (en horas de adultos), organizo más “dates” y menos “play dates”. Estoy recordando, que fue con él con quien decidí empezar esta historia de amor, esta familia y que es con él con quien quiero ser una familia hasta que la muerte nos separe, y amén.