lunes, 23 de marzo de 2015

Lo perfecto es enemigo de lo bueno

Por fin empezaron las clases y con ellas - al menos para mis hijos – empiezan también las actividades extracurriculares, los deportes y las benditas terapias. Este verano al igual que todos los veranos, durante el mes de febrero decidí cortar cualquier tipo de actividad académica y deportiva que no sea un pedido exclusivo de mis hijos. La del medio sólo quiso natación (igual ella no va a terapia y no tiene ninguna exigencia académica aún), la pequeñita es muy pequeñita y el mayor lo único que hizo fue jugar fútbol, montar bicicleta, bañarse hoooras en la piscina y chapotear en la playa.

Pero, Febrero terminó y Marzo llegó y con él llegó para mi hijito: el colegio, la terapia de integración sensorial (clic acá para saber más al respecto), la natación (casi obligatorio para los que llevan este tipo de terapia), las actividades del colegio, el fútbol (obligatorio en este país, clic acá) y por supuesto, las tareas (que gracias a Dios hasta ahora son inexistentes) en fin, el pobre chico tiene mil actividades. Y son más aún, si consideramos que en su colegio te dan la opción de seguir una academia de música con clases los sábados  y que más o menos, con eso te dan a entender que los niños deben de tener como extracurricular música también, o al menos así lo interpreto yo.

Y me siento recontra mal porque no voy a meter a mi hijo a las clases extra de música del colegio y tampoco le voy a pagar un profesor particular como muchos de sus amigos, pues ya con su terapia y la natación me parece suficiente. Además, él ha pedido fútbol y obviamente a eso sí lo voy a meter. Sobre esto añadir clases extra de música simplemente porque el resto de padres lo hace me parece excesivo, pero por otro lado surge la pregunta: ¿no estaré colocando a mi hijo en una desventaja? Pues, si el 90% de sus compañeros llevan clases de música, de deporte y de reforzamiento, es natural que esto se vea reflejado en su performance, en su nota y en su comparación con el promedio.

¡Alto! Respira hondo. No, no lo voy a hacer. No lo voy a meter a más clases. Él me ha pedido fútbol, y también tennis y también taller de circo. Lamentablemente, la respuesta a estas dos últimas ha sido no. Pues, sumar esto a lo que ya tiene me parece sobre saturarlo innecesariamente. Y mi esposo me dice: “quizá deberíamos matricularlo a todo, pues parece que los niños de su generación andan metidos en todo, eso es lo normal ahora”. Pero, ¿acaso estar súper ocupado en mil actividades a los 5 años es normal? ¿Qué todos lo hagan significa que está bien? ¿tener 4 actividades extras no es suficiente? ¿Cuánto es suficiente entonces?
Niño recibiendo un galardón de tae kwon do
Un niño bueno y feliz.

También me muero de pena que él no pueda elegir sus actividades extracurriculares libremente. Y me preocupa mucho, que yo –a pesar que sé que lo que estoy haciendo está bien – me sienta mal de hacerlo simplemente porque la gran mayoría lo hace. ¿Acaso no he aprendido nada? Y no, no le voy a echar la culpa al colegio, pues ellos simplemente ofrecen más para quien quiere más. La culpa la tenemos nosotros, los padres. Queremos que sean perfectos en deportes, perfectos en ciencias, letras, artes y etc. y… ¡qué difícil es competir con eso! Niños criados (y entrenados) para ser perfectos porque, aparentemente buenos, ya no es suficiente.


Quisiera no caer en el juego, quisiera que no me importe tanto, quisiera un refuerzo positivo que mi hijo está bien sin ser excelente en todo, no quiero que me digan que está bajo el promedio. ¿Si destaca en todo, entonces qué es? ¿Perfecto? Y a mí siempre me han dicho que lo perfecto es enemigo de lo bueno, y por intentar tener un hijo perfecto no quiero olvidarme – no – no quiero olvidarme que ya tengo uno BUENO.

martes, 17 de marzo de 2015

¡Bienvenida a la jungla!

La semana pasada todos los niños del Perú empezaron el colegio, esto incluyó por primera vez a mis 3 hijos. El mayor al colegio y las dos chiquitas al nido. Así, muy contentos todos empezamos un nuevo año escolar. Los dos mayores sin ningún contratiempo, más bien muertos de ganas de ver a sus amigos. La pequeñita en cambio, sí sufrió un pequeño shock. Y el shock no viene por acostumbrarse a la rutina del nido, ni por tener que quedarse con desconocidos toda una mañana, no por ahí no va su tema. Es más, siendo la tercera es sumamente independiente, ya conoce de memoria el nido, sabe cuál es el salón de su hermana y varias misses le tienen camote por ser la última representante de nuestra familia.

El shock va, porque aún no domina los códigos de socialización que se manejan en el nido. Para empezar, ella va al nido con una agenda propia: jugar en el pozo de arena lo más que se pueda, asistir a la hora de la lonchera, y por último seguir jugando en los juegos. Sólo se queda en el salón cuando la actividad lo amerita. No le interesa entrar al salón ni obedecer a la miss, ni compartir con sus compañeritos. En pocas palabras: ella va a hacer lo que se le da la gana.


Y así, haciendo lo que se le da la gana es que va a la poza de arena o a la zona de juegos, o a cualquier otra área de juegos del nido sin tomar en cuenta que en los nidos rige la popular y conocida: ley de la jungla, en dónde gana el más fuerte, el que más pega, el que quita más rápido o que el llora más fuerte y consigue más rápido la atención de la miss. Y, esto es lo que aún le cuesta mucho comprender a mi pequeñita.

Siendo la bebé de la familia está acostumbrada a que su hermano mayor la engría y la trate con una paciencia de santo: le presta todos sus juguetes, la ayuda a hacer castillos de arena, le da las cositas que ella quiere usar, en fin. Todo lo que se espera de un buen hermano mayor. La cosa no es tan fácil con la segunda, pero siempre hay un adulto presente velando por sus intereses. Acostumbrada a esta dinámica es que ha sufrido ya varios quiñes, pues ella (inocentemente) piensa que todos los niñitos más grandes son como su hermano y le van a permitir todo lo que ella quiere.  Lo cual, no sucede. Los niños le arranchan los juguetes, la empujan si se mete a su zona y algunos incluso le tiran arena.

Los primeros días han sido muy duros para ella, pues no comprendía esta dinámica de comportamiento y me miraba desconcertada cada vez que no se salía con la suya o cuando alguien la agredía. Por supuesto, yo estaba ahí para impedir mayor daño pero, no hay mucho que yo pueda hacer. Los dos primeros días para ella, fueron ensayo, error. Tantear si había algún buenito por ahí que la dejara jugar (siempre hay), pero en general rápidamente comprendió las reglas básicas: ser rápida y estar atenta.

Con estas lecciones aprendidas se está quedando sola (sin mamá ni nana) y por lo que me cuenta la miss, poco a poco está empezando a utilizar lo que aprendió gracias a su hermana la segunda: a defenderse y recordar que en la ley de la jungla, no necesariamente gana el más fuerte, a veces, gana el más astuto.  ¡Buena suerte Kika! ¡Te queremos!