martes, 21 de julio de 2015

Toda comparación es odiosa

Eso siempre me decía mi mamá cuando yo de pequeña me comparaba con alguien. Lamentablemente, es imposible para mí no hacerlo. Ya sea para bien o para mal uno tiende a comparar. Y con el tema de los hijos no es diferente. Aunque cada vez menos, siempre tiendo a ver en qué anda el resto de los niños de la misma edad: si ya aprendieron a hablar, a caminar, a gatear, a leer, etc. En mi caso, yo no me comparo para alardear (aunque secretamente me siento muy bien cuando mis hijos están más avanzados) si no, lo hago básicamente para preocuparme.

Para preocuparme si es que no están hablando, pintando, cortando o lo que sea a un nivel promedio o promedio superior de acuerdo a su rango de edad. Es básicamente por eso que lo hago. Mi personalidad neurótica no me permite un minuto de paz y siempre me tengo que preocupar por algo, así que, qué mejor que preocuparme porque alguno de mis hijos está un poquito más atrasado que el resto en algún área.

Y, por supuesto, tampoco puedo evitar comparar a mis hijos entre ellos. No los comparo entre ellos en voz alta para hacerles notar cuál es más bueno o se porta mejor y echárselos en cara apelando a su sentimiento de culpa y así lograr que me obedezcan más rápido. No, no estoy tan loca. Lo hago, como ya lo dije líneas arriba,  para ver si hay alguna oportunidad de mejora y algo por lo que estresarme.  

Mis comparaciones mentales entre ellos me han hecho detectar tempranamente varios temas que de no haber sido tratados a tiempo, podrían haber devenido en problemas serios. Sin embargo, creo que quizá con esto de la comparación el dicho tiene la razón. No soporto que me estén preguntando por el desempeño de mis hijos y nuestros planes de vacaciones sólo por el hecho de comparar y/o competir. Soy yo quien más se queja por las ultra competitivas madres y no quiero convertirme en una de ellas, o lo peor, ¿quizá ya lo soy y todavía no me he dado cuenta? ¿Quizá soy yo esa insoportable madre número 1 en el post "8 tipos de mamàs con los que no te quieres encontrar"?


Dios me guarde. Es por eso que escribo este post. Un poco para decir que mi mamá tenía razón (es que las mamás no nos equivocamos), y otro poco para corroborar el dicho: toda comparación es odiosa. Cierto, no sólo es horrible andar comparando, sino que también te vuelve una persona horrible. Cada individuo es único y las diferencias en los tiempos, momentos, desarrollo y aptitudes es lo que nos vuelve únicos e inimitables. Así que se terminó, dejaré de lado mis neurosis y adiós comparaciones… Tendré que buscar otras cosas para estresarme.

martes, 14 de julio de 2015

¡No a las actuaciones!

Si, ya sé. En esta ocasión estoy sola en mi lucha. A la mayoría de padres les encantan las actuaciones, les encanta ver a sus retoños disfrazados, parados en un escenario cantando y/o bailando. Soy minoría y lo sé. Pero, eso no es impedimento para que me queje o escriba al respecto. Además, estoy segura que por ahí hay algunos cuyos hijos odian actuar, lloran cada vez que tiene que salir al escenario y que ellos – como padres – detestan estas actuaciones más que yo.

Foto propiedad de: http://www.elecodejumilla.es/
En general, no tengo nada en contra de las actuaciones escolares. Aunque, debería ser más clara. No tengo nada en contra de los padres y niños que disfrutan de éstas. Porque, sí tengo algo en contra de las actuaciones cuando éstas son excesivamente largas o cuando visten a mi hijo como un lornón  (alguien tiene que abogar por la dignidad de mi pequeño). Por un lado, me parecen excesivamente intimidantes para niños menores de 6 años y por el otro (debido a que son muchos niños en escena y todos deben actuar) son excesivamente prolongadas causando fastidio en los niños y, sincerémonos,  en sus padres también.

Además, hay otro tema en el que recién he caído en cuenta este año; y es que en las actuaciones siempre habrá protagonistas, secundarios y extras. Y bueno, por supuesto que es genial ver a tu hij@ durante 45 minutos cuando él o ella tiene un papel protagónico o toca algún instrumento, pero cuando es un simple extra que solo está en escena por 3 minutos… seamos honestos, es realmente una tortura ver los otros 40 minutos de show.

Sí, ya sé que esto es excesivamente majadero de mi parte. Pero, ¡compréndanme! por más de 5 años me he sentado en todos las actuaciones habidas y por haber para apenas poder ver algo de mis hijos. Pues, al estar ellos dentro del 95 percentil de crecimiento son los más altos del salón y siempre están en la fila de atrás. Todas mis fotos y grabaciones son de mis hijos a lo lejos, atrás en la última fila y con la cara de algún compañerito más bajito que está delante de ellos tapando todo.  A esto, se une el hecho que a mi hijo mayor le llega altamente tener que actuar, que la segunda – a pesar de ser totalmente dada a las artes histriónicas – es tan alta que está condenada a estar siempre en la última fila, y que la tercera tiene su propia agenda ... y, a veces, esta agenda no incluye los shows. 

Asì veo yo a mi hijo en las actuaciones escolares. ¿alguien lo ve?
Unido a esto, además está que tanto en el colegio como en el nido la inversión en los disfraces es bastante fuerte. Felizmente, es sólo un show por año, pero igual. El precio de los disfraces es exorbitante, sobre todo considerando que sólo lo usan una vez. Sí, claro. Los pueden usar para Halloween. A ver, díganle a mi hijo que se disfrace de un príncipe, de un pastor o de Sportacus para Halloween, creo que primero muere. Lo mismo mi hija, la eterna princesa. Se muere antes de salir a la calle disfrazada de pollo o de un muñeco de nieve.

Es por todo esto y más (como los casos en que los niños sufren pánico escénico y no suben al escenario) que yo le digo NO a las actuaciones escolares. ¡No a las actuaciones gigantescas! No a las actuaciones grandes, eternas y tediosas donde sólo 2 o 3 niños sobresalen y al resto ni se los ve. Sí a las actuaciones pequeñas dentro del salón, con la gente del salón y con disfraces hechos en casa. Donde todos (incluidos los niños) podamos disfrutar del show.