martes, 7 de junio de 2016

¿Quién nos pone límites a las madres?

La semana pasada mientras tomaba café con una amiga nos topamos con una amiga suya. Ésta amiga, era algo mayor que nosotras y tenía hijos adolescentes. Como tenía que hacer tiempo mientras esperaba a su hija de 15 años, se sentó con nosotras y nos contó que su hijo mayor se graduaba este año, así que estaba muy emocionada pues su hijo se iría pronto de viaje de prom y además, a fin de año celebraría su fiesta de prom. Hasta acá todo bien. Nada fuera de lo normal. Hasta qué mi amiga le comentó: “Mostro, y ¿qué tal todo?”

Y me acordé que ponernos límites [a algunas madres] es muy difícil. Pues, cómo nos contó esta en particular, había llevado el “deber maternal” más allá de lo imaginable con su hijo mayor: ella se había metido a organizar la fiesta de promoción (dónde además era chaperona), el viaje de promo y la ceremonia de graduación. Además, estaba obligando - sí han leído bien: obligando - al padre de la criatura a ir de chaperón al viaje de prom (porque – y Dios es grande – ella no podía ir) y como no podía ir, su marido (el padre) tenía que ir. También nos contó que ella siempre había sido delegada del salón de alguno de sus 2 hijos y cuando no era delegada, era voluntaria de la biblioteca, del taller de arte, del equipo de deporte en el que participara alguno de sus hijos y similar.

¡Wow! Pensé, eso sí que es tomarse los deberes materno–escolares sumamente en serio además, de ser un poco invasivo para con la vida de sus hij@s. Me imagino que sus hijos, como adolescentes deben querer pasar tiempo con sus pares (o sea, chicos y chicas de su edad) sin la presencia (constante) de alguno de sus padres (en este caso particular, la madre). Me puse a pensar en cómo era yo en mi adolescencia. Creo que si alguno de mis padres me hubiera acompañado en mi viaje de prom yo no hubiera ido. Simplemente, no me hubiera trepado al avión o al bus. De igual manera, tener la presencia de mi madre de manera constante en el colegio creo que no me hubiera agradado del todo. O sea, hablemos claro: hubiera odiado que mi mamá sea una de esas “tías pesadas que se dedican a pulular y jorobar” en las fiestas, eventos y actividades del colegio.  

No pude contener mi curiosidad y le pregunté si a su hijo no le molestaba, o le incomodaba que ella - su mamá - participe tan activamente de sus actividades y eventos escolares. A lo que me respondió, que no, para nada. “Es más, ya todos sus compañeros de promoción me conocen como “la tía” que siempre está ahí”. Este comentario me hizo recordar a un par de posts que escribí un tiempo atrás: la más metiche del salón y loslímites. Pues, esta madre – en su afán por querer estar en todas y con todos – (en mi opinión) trasgrede los límites de la independencia de sus hijos y definitivamente peca de inmiscuida.

Pero, claro ¿quién no quiere estar en todas las de sus hij@s? ¿Quién no quiere compartir con ellos todos sus momentos clave? Pero, lo cierto es que es imposible. No podemos estar en todas, no debemos estar en todas. Debemos acompañarlos, sí y a la vez soltarlos y dejarlos vivir sus propias experiencias. Quizá el entusiasmo nos gane algunas veces, pero al final quien les pone límites a las madres, somos nosotras mismas. Y nada mejor, que enseñarles a nuestros hijos límites y respeto y el respeto empieza por ellos. 

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