jueves, 18 de febrero de 2016

miércoles, 17 de febrero de 2016

El más movido del salón

Con la idea de tranquilizar a las angustiadas madres de los niños más “movidos” del salón y también, para generar (un poco) de conciencia con la “mirada” que se les da (en algunos centros educativos) a los niñ@s más inquietos, comparto esta experiencia de cuando fui a participar en la semana especial del nido de mi sobrino. 

En la semana especial de mi sobrino fui a contar un cuento y a hacer unos juegos en su salón. Fui de lo más feliz a compartir con mi sobrino y sus compañeritos, que en aquel entonces rondaban los 2 años 8 meses, eran los más chiquititos del pre-school. La pasé genial, y mi sobrino también. Estaba feliz. Fueron 60 minutos de pura diversión. Todo estuvo bien, salvo que, durante todo el tiempo que estuve en el salón de mi sobrino (1 hora aprox.). Noté rápidamente – por lo obvio que era – quien era considerado el niño más movido del salón.
El más movido del salón dos niñas y una de ellas con disfraz de diablo

Lo interesante acá, es que no lo noté por el comportamiento específico del niño (que para mí no fue nada extraño) si no, lo noté por el comportamiento de la profesora y las auxiliares del salón. No es que lo maltrataran ni mucho menos, para nada. Si no más bien, había una “sobre mirada” y exceso de atención y nombramiento del niño.

 ¿Qué? Explícate por favor.

Para empezar, este niño contaba con una auxiliar (casi) exclusivamente para él. La auxiliar estaba pendiente de él el 99.9% del tiempo. Cuando todos nos sentamos en la alfombra para la canción de bienvenida, a este niño lo sentaron encima de una auxiliar, cuando todos nos paramos para bailar la canción del cuento, él se paró con la auxiliar, cuando estornudó, lo hizo encima de la auxiliar. En cuanto se empezaba a mover un poco, la auxiliar lo abrazaba fuertemente y no lo dejaba levantarse y/o moverse libremente. Luego, cuando el niño se cansó de estar sentado (¡hey! No fue el único) la auxiliar salió disparada detrás de él. No le permitió coger otros juguetes (que para él eran más interesantes que mi cuento) (y, no, no me ofendo) y lo cargó por todo el salón y así lo tuvo un buen rato. Y no sólo eso, si no que las otras auxiliares y la misma Miss lo nombraban constantemente: Fulanito, que bien te sientas hoy, Fulanito ven para acá, Fulanito no empujes, Fulanito no hagas esto o haz aquello, Fulanito, Fulanito, Fulanito.

Con este comportamiento por parte de los adultos cuidadores del salón  no me sorprendió en absoluto que el niño luego de un rato se rebele y haga un berrinche de aquellos. Este berrinche sólo confirmó para la profesora y auxiliares, que él es un niño “difícil” y probablemente, para él confirmo que el colegio es difícil. Y probablemente, cuando la mamá llegue le contarán el episodio o quizá en la entrega del reporte le hablaran de las dificultades del niño y confirmarán que es “movido” y/o “difícil”.

Pero, quizá si el manejo de estos niños en el salón fuera diferente, quizá si lo dejaran un poco más solo o no le exigieran lo mismo a todos los niños. Quizá si lo miraran menos e “ignorarán” un poco más, quizá él hubiera soportado mejor la mañana en el salón.

Y es a esto a lo que voy. Muchas de nosotras vivimos los primeros años escolares de nuestros hijos angustiadas porque la profesora nos cuenta que se mueve demasiado, que no se sienta tranquilo en la alfombra, que no obedece a la primera (díganme por favor, ¿Quién lo hace?) y un sinfín de comportamientos negativos, pero que  - ya está científicamente comprobado – son naturales en niños de menos de 5 años. Y nosotras como neuro-madres, nos angustiamos, nos preocupamos, hablamos con nuestros hijos, los llevamos a evaluar, caemos sin querer queriendo en el juego de las terapias, las sobre evaluaciones y sobre diagnósticos. En vez de preguntarnos por la mirada que le dan a nuestro hij@ en la clase.


Ahora que empieza este año escolar, antes de angustiarnos si nos dicen que nuestro hijo se mueve más que el promedio o no rinde como debería o no obedece tanto como el resto. Debemos de preguntarnos, si acaso la mirada hacia él o ella dentro del salón no es excesiva y le hace más daño que bien. 

martes, 2 de febrero de 2016

¿De verdad queremos casarnos las mujeres?

Hace un tiempo vengo investigando y leyendo bastante sobre temas de género. No es que me considere a mí misma una feminista sustancial, ni nada por el estilo. Todo lo contrario, diría yo. Pero, como mujer y científica social, considero que los temas de género son relevantes y sumamente pertinentes (además de entretenidos), para todas aquellas personas con un poco de curiosidad sobre las estructuras sociales dominantes.

¿Estructu.., qué?? Bueno, si alguna vez te has cuestionado sobre por qué las cosas son como son y no son de otra manera, o más específicamente, te has hecho preguntas tipo: ¿por qué somos las mujeres quienes debemos encargarnos de la casa? ¿Por qué es el matrimonio monógamo (una sola pareja) el que prima? ¿Siempre fueron por amor los matrimonios? ¿Está mal si no me provoca tener hijos? O cosas similares. Esas son el tipo de preguntas que cuestionan las estructuras sociales existentes. Y eres el tipo de persona que disfrutará este post.

Cuando estaba haciendo mis investigaciones (vía google) encontré este texto que me hizo sonreír y pensar mucho: “El matrimonio es un chollo [éxito] para los varones: recientes investigaciones conceden un promedio de 10 años más de vida a los hombres casados que a los viudos, solteros y divorciados; los casados además presentan menos enfermedades. En el caso de las mujeres es al contrario: las mujeres solteras o divorciadas sin hijos viven más y más sanas que las casadas, que presentan el doble de enfermedades, sobre todo mentales” (Paloma GÓMEZ, 2001:80) [1]  

O sea,  ¿qué? ¿Todas aquellas que nos creímos el cuento de hadas y firmamos un papelito (o nos fuimos a vivir, para tal caso) con nuestro príncipe azul, estamos fritas? Y ¿los hombres, no? ¡¡Qué!! Sobre todo, porque somos nosotras las que nos bancamos casi al 100% la chamba del hogar (y no me digan que no, por favor). Precisamente, puede ser esta chamba extra la que nos quita salud. Aunque leyendo bien, no es todo culpa de los hombres. Parece que tienen que ver más los hijos, pues según el texto son las divorciadas o solteras sin hijos, quienes tienden a vivir más y más sanas y con menos enfermedades mentales.  

Entonces, ¿Es el marido, o son los hijos los que inciden en que las mujeres presentemos el doble de enfermedades mentales según esta autora? Me inclino a pensar que es una mezcla de ambos. Pues, en nuestra sociedad un matrimonio no es concebido sin hijos, sin familia. Y el estrés que sufrimos las mujeres por ser las perfectas madres, esposas, amas de casa y profesionales mellan en nuestra salud física y mental. Estrés que no tienen ni las solteras, ni divorciadas sin hijos. Además, admitámoslo: los hijos dan un montón [un montón] de trabajo, y en muchos casos, los maridos también. O, ¿quién no ha escuchado decir (o ha dicho) que los maridos, son un hijo más?

Por otro lado, este estudio no está considerando que en primer lugar, las mujeres que optamos por este estilo de vida (madres y esposas a tiempo completo), ¿ya estábamos un poco más locas de arranque, y las enfermedades mentales son solo consecuencia natural? 

Lamentablemente, este pequeño texto deja en el aire muchas preguntas importantes para poder llegar a una conclusión rigurosa. Y por más que busqué y busqué no he encontrado el texto completo de la autora, ni ningún otro texto que corrobore lo dicho. Sin embargo, abre la puerta a muchas preguntas y reflexiones en torno al matrimonio, la familia y los hijos. En sociedades como la nuestra, el casarse y tener hijos se hace de una manera irreflexiva. 

Evitamos cuestionarnos si ¿de verdad todas queremos el pack completo: esposo e hijos? A la luz de los hechos, quizá debimos de optar por uno de los dos. Jajajaja  Si por ahí hay alguna soltera o divorciada sin hijos, todavía está a tiempo. Bromas a parte, es interesante ver el mundo desde otra perspectiva. A mí, por lo menos de calma el saber que no todo debe ser (ni es) perfecto e igual.



[1] Juliano, Dolores: El mito del instinto materno. En: revista Mujeres y Salud